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Empecé a escribir, apenas cumplidos los
dieciséis años, en un periodiquito partidista denominado “Adelante”, que
editábamos en multígrafo en la Casa Distrital de AD en Petare, Sonia
Lara, Carlos Blanco, Gustavo Dubuc y yo, se estaba inaugurando el
sistema democrático en Venezuela. De allí fui al semanario “Combate”
bajo la dirección de Octavio Lepage, y el Semanario AD –órgano oficial
del partido- y apenas un año después estaba en El Nacional, donde
colaboré por más de diecisiete años, firmando con mi nombre, además de
innumerables artículos con pseudónimo en la entonces página A-5,
dirigida por el humanista Julio Barroeta Lara, y numerosas traducciones
del inglés y del francés que me encargaba Ramón J. Velásquez, para
aliviar mis apuros de estudiante.
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Después fueron más de dieciocho años,
cada domingo, en la página de opinión de El Universal. No se asusten, no
voy a hacer un currículo periodístico –el preámbulo es necesario- la
Agencia Latino Americana –ALA- distribuyó por años mis escritos, en 36
periódicos de habla hispana, los Luca de Tena requirieron mis trabajos
para el ABC madrileño, etc., etc., etc. Pero jamás, ¡Coño! había
conocido una opinión pública –periodistas incluidos- tan gazmoña y necia
a la hora de llamar al pan, pan y al vino, vino. ¿Qué clase de tiña
intelectual nos ha caído a los venezolanos?
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El ominoso 15 de Agosto de 2004, se
perpetró en Venezuela un golpe de estado, lo lamento, pero no otra
calificación puede darse al colosal fraude perpetrado por el gobierno de
Hugo Chávez Frías, a través de sus alabarderos del CNE, con la
complicidad real –me importa un pepino si tarifada o no- del Centro
Carter, de la Organización de Estados Americanos –con los prudentes
matices jurídicos y políticos del presidente Gaviria- y el entusiasta
apoyo del fundador –junto con Fidel Castro- del Foro de Sao Paulo, el
Sr. Lula Da Silva, dejando muy en entredicho, la aureola de
profesionalismo y el respeto, casi reverencial, que nos enseñaron a
politólogos e internacionalistas por el mítico: Itamaratí.
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La voluntad del pueblo venezolano fue traicionada, vendida,
por unos barriles de petróleo y algunas canonjías
mercantiles, ¡sea! Si estamos dispuestos a calárnosla, al
menos no neguemos la verdad, así ésta tenga el rostro –muy
desmejorado- de Cuasimodo y no los bucles del Apolo del
Belvedere.
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Asumamos nuestra ración de detritus, si
no sabemos o queremos hacer otra cosa, o si nos gusta que también es
posible, pero tengamos el valor de aceptar nuestra deleznable naturaleza.
Después de todo -no faltará quien lo diga- el operativo entero del escamoteo
ocurrió bajo las narices del “Plan República”, qué se le puede exigir a unos
civiles, desarmados, casi nonagenarios, estructuralmente indefinidos,
acomodaticios y en la eterna espera de la “solución providencial”. , cuando
los herederos del “ejército forjador de libertades” no dijeron esta boca es
mía.
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Yo sólo puedo afirmar, y no dejaré de
hacerlo, que no podemos tolerar que se desdibuje la amarga realidad del
fraude, el engaño y la traición, la conciencia de este hecho debe quedar
tatuada en el alma colectiva, los responsables, encuéntrense donde se
encuentren –es decir también en la oposición- no pueden quedar impunes,
en política la tolerancia es válida con ciertos pecados veniales, nunca,
nunca con la cobardía y la irresponsabilidad, el estilo es variable la
coherencia no. La Venezuela que va a defenestrar a Chávez –ojo, ya no es
presidente, es el individuo que delictivamente usurpa las funciones del
cargo- tiene que exigir líderes definidos: moral, ideológica,
éticamente. No más operadores de cuarta categoría disfrazados de jefes,
no más hermafroditas políticos, ser o no ser. El camino no es terso, ni
fácil, pero es viable.
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El régimen y sus cómplices de todo pelo
–por acción u omisión, vocacionales o pagados- cerraron la vía
electoral, institucional y quizá también la pacífica. Queda la calle, el
coraje, el valor de las mujeres y de los hombres que aquí nacimos y
estamos dispuestos a morir, adhiero a las palabras de Su Eminencia
Reverendísima el Cardenal Castillo Lara: la desobediencia, los últimos
recursos constitucionales. Será eso o no será ya nunca más Venezuela. La
suerte está echada...
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Caracas 3 de octubre de 2004.
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Alfredo Coronil Hartmann
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