¡Incauto Albiach! un título de Gabriel Albiac

30 de noviembre de 2013

Catalanizar



Yo amaba a Richmal Crompton. Fue un flechazo de mis cinco o seis años. Los inviernos eran glaciales en Utiel, pueblo de la serranía valenciana al cual azares funcionariales de mi madre me llevaron a nacer. Cada mañana, con agua hirviendo y cuchillo, arrancábamos lascas de hielo en el vidrio de las ventanas. Había que atrincherarse en torno a una vieja estufa para no cristalizarse. No me importaba. Estaba Richmal Crompton. Estaba la colección completa de las aventuras de su Guillermo Brown, con las cuales aprendí a leer. Que es lo único importante en la vida de un hombre: en la mía, al menos. Con las cuales aprendí también a reírme de los memos, especie cuyas máscaras son prolijas y el meollo siempre idéntico.
 
Richmal Crompton libroRecuerdo una: podría, en realidad, ir tejiendo mi biografía con los estratos de las sucesivas lecturas que, a través de seis decenios, fui haciendo de ese cuento. Guillermo y su cuarteto de «proscritos» deben acudir a una de esas conferencias aburridísimas con que mima las neuronas de sus mastuerzos el director del instituto. Se trata, esta vez, de un ingenioso «erudito» que ha descubierto en Bacon al verdadero autor de las obras de William Shakespeare. Tampoco es tan raro: hubo un gran entusiasmo por este tipo de originalidades a inicios de siglo. El trabalenguas monumental, en cuyo caos logra el joven Brown hacer naufragar tan cultural acto, marca uno de los momentos más regocijantes de mi vida: las locas homofonías con las que Crompton hace jugar a su personaje en medio de las erudiciones alusivas a Hamlet, Bacon y lo que se tercie. Aún hoy, me es imposible releerlo –y me lo sé, claro está al cabo de tanta visita, de memoria– sin despepitarme de la risa. La cáustica ironía británica alcanza allí la sutileza asesina de una navaja de barbero. 
 
Pero aquello eran los años veinte. Y Crompton escribía en Gran Bretaña. A nadie que no quisiera ser visto como un perfecto memo se le pasaría por la cabeza sentirse ofendido por su restallante prosa. Salvo, tal vez, a aquellos polis que, dice Guillermo, son tontos, los pobres, no por culpa suya, sino porque les hacen los uniformes tan grandes que tienen que buscar, para llenarlos, gigantones privados de cerebro. Pero ese sentido del ridículo, al cual la inteligencia fuerza, no está hoy muy en uso. Y, en Cataluña, el CAC da cuenta de ello. Su último informe se lamenta contra un tal Gabriel Albiach. Que no soy yo, por supuesto: me llamo Albiac, apellido proveniente del pueblito del mismo nombre (y ortografía), en el sur de Francia, cuyos habitantes se exiliaron en Aragón durante la cruzada contra los cátaros.
 Albiach
Pues bien, parece que a ese tal Albiach –no a mí, que soy un tipo prudente– le habría provocado una sonora carcajada el hallazgo de cierto erudito catalán, según el cual El Quijote, lejos de haberlo escrito Miguel de Cervantes Saavedra, habría sido la mala traducción castellana de un libro que escribió en catalán un hijo local, de nombre Miquel de Servent. Al CAC, la risa de ese Albiach se le hace presunto delito de incitación al odio y a la violencia catalanófoba. Y es que el tal Albiach no ha debido de leer a Crompton. De haberlo hecho, se habría cuidado mucho de provocar la casi infinita vocación de estupidez de ciertos humanos. Y sabría, además, que todos y cada uno de los endecasílabos de Garcilaso, Aldana, Góngora y Quevedo fueron, en rigurosa y erudita verdad, burdas versiones españolas de exquisitos cantos compuestos por patrióticos bardos lituanos del siglo XI.


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac

Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid





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