Más que unos Juegos Olímpicos

30 de julio de 2012

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Si «más rápido, más alto, más fuerte» es el lema olímpico, los ingleses han añadido «más todo» en la inauguración de los terceros Juegos en su capital: más tradición, más imaginación, más espectáculo, más espectadores, más color, más sorpresas, más «ambiente». Una mezcla de musical y de circo, de «happening» y de disciplina, de nostalgia y de futurismo, de luces y de sombras, de jactancia y de docilidad, de altanería y de plebeyez, en un afán irrefrenable de divertir a todo el mundo, hasta el punto de que la única que no parecía divertirse era la Reina, que ni siquiera miraba el espectáculo y pronunció las cuatro palabras de inauguración con la desgana y prisa del que quiere irse a la cama cuanto antes.

Puede que no le hiciera mucha gracia que la hubiesen obligado a que su «servidor» más famoso, James Bond, la llevase al estadio en helicóptero. En resumen: un espectáculo universal, aunque buscando resaltar la contribución británica a todas las ramas del desarrollo humano, faltando sólo que sacasen a Shakespeare, Newton y el Dr. Fleming. Pero estaban, con Nelson y Churchill, tras todo ello. Brasil lo va a tener muy crudo en 2016 para superarlo.

Personalmente, lo que más me gustó fue el despliegue de patriotismo y orgullo de ese pueblo compuesto por tribus distintas -celtas, anglos, sajones, normandos, escoceses- que han logrado un proyecto común pese a sus diferencias, sin por ello renunciar a ellas, para establecer una de las naciones más sólidas y uno de los imperios más grandes de la historia, para luego decaer con dignidad y mantener estrechos lazos con sus anteriores colonias, muchas de las cuales se muestran orgullosas de su pasado colonial. Nunca el Reino Unido estuvo más unido que en esta ceremonia. ¡Qué envidia!

Puestos a encontrar defectos, ya que no hay obra humana sin ellos, eché en falta la mesura, el «restraint», el refreno, junto al «selfmockery», el reírse de uno mismo, proverbial de la isla, la mayor prueba de su inteligencia. Hubo, sí, algunas parodias, pero quedaron diluidas en la aparatosidad y la bastante más pedestre «selfindulgence», la autosatisfacción que chorreaba. Quiero decir que el humor inglés, que tan buenos ratos nos ha hecho pasar, quedó reducido a alguna que otra muestra.

Fue, en fin, el alarde de una vieja y gran nación que no se resigna a dejar de ser nación ni grande. Tanto fue así que, acabado el despliegue preliminar, casi sobraban los atletas, cuando la gran noticia era que en todas las delegaciones había finalmente mujeres. Pero se les hizo desfilar a paso de carga, como extras en el homenaje a la un día dueña de los mares que tantas cosas nos ha dado, y quitado, al resto del mundo.

 

 

José María Carrascal
Escritor y periodista español, columnista del diario ABC

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