La derrota de las ilusiones

30 de julio de 2012

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La metamorfosis de los revolucionarios que se alzan contra la opresión, en lucha por la libertad, y una vez en el poder terminan siendo lo que combatieron es una vieja propuesta desde La comedia humana de Balzac: los combatientes de las barricadas en la revolución francesa terminan convertidos en prósperos burgueses, dueños de la riqueza que con las armas arrebataron a otros.

Es como si la ley de la historia fuera esa, que los ideales solo pudieran subsistir en tiempos de lucha y terminaran pervertidos por el ejercicio del poder, que tiene sus reglas, la peor de ellas convertir a los oprimidos en opresores.

Mandar no puede ser un acto sino para siempre; ni siquiera hasta la muerte, porque de por medio está la idea de la inmortalidad, que obnubila al más cuerdo. Una sola voluntad que lo rija todo, mejor que la voluntad de todos, que termina por no regir nada. El fantasma de la anarquía, que solo puede ser disuelto por la mano firme desde el trono imperial, tentación que no fue ajena aun a Bolívar.

Es la manera en que Alejo Carpentier nos introduce en sus novelas. Lo maravilloso, y lo desconcertante, lo que tiene capacidad de despertar asombro, es esa contradicción constante de la historia, la peor de sus dialécticas, que hace de los revolucionarios tiranos. La convivencia de un mundo rural, anacrónico, ecos de esclavos y gritos de encomenderos, con las pretensiones del mundo legal, que fracasa siempre bajo el peso del caudillo enlutado o adornado de charreteras. La supervivencia de aquel mundo viejo, al que nunca se come la polilla, produce el asombro. El desajuste es lo maravilloso, y es maravilloso porque es real.

En El siglo de las luces suena el clarín de una batalla, la batalla por los derechos del hombre, que encandilará la imaginación de ese héroe confuso que es Víctor Huges. La revolución francesa viene a proclamar la abolición de todos los privilegios, a anunciar algo tan peligroso y disolvente como el fin de la esclavitud. Y Huges la abolirá en Cayena y Guadalupe bajo el Directorio, agente fiel de Robespierre, y la restablecerá sin parpadeos bajo el Consulado, agente fiel de la restauración. Más que un agente del cambio será en adelante un agente del poder.

El ideal resulta en desilusión porque Huges, el héroe, ahora montea con perros a los esclavos que una vez liberó. Las revoluciones son hechos históricos que desbordan la suerte de los personajes. Un péndulo que va y viene, de la luz hacia la oscuridad, repitiendo el mismo viaje desde siempre. Las revoluciones terminan en fracasos éticos y devoran a sus propios hijos, como Saturno. Y las palabras hermosas que acompañaron el despertar de los ideales siguen siendo las mismas, pero ya no significan lo mismo y terminan cayendo en el vacío. No significan ya nada.

¿Son las utopías sueños imposibles porque están hechas por seres humanos imperfectos? Sí, las revoluciones son hechas por seres humanos y, por tanto, condenadas a la imperfección; es hasta ahora la única lectura posible. Los seres humanos que no pueden librarse del orgullo, la arrogancia, el sectarismo ideológico, la ambición, capaz de llevarlos al crimen para mantenerse en la cima. Esa dialéctica fatal no puede dejar de repetirse en la historia, es la lección de esta novela. Las reglas del poder funcionan lo mismo bajo cualquier sistema, como queda explícito en los dramas de Sófocles y en los de Shakespeare, bajo las tiranías griegas o bajo el feudalismo, bajo la revolución francesa o bajo la revolución cubana, o la fenecida revolución nicaragüense.

Deidades mudas, como la guillotina embozada que navega en las aguas del Caribe sobre la cubierta de un barco, en viaje desde las costas de Francia hacia las Antillas, traída por Huges. La guillotina es el símbolo del poder total, el instrumento de ajuste de cuentas para crear el orden nuevo, que necesita librarse de estorbos: traidores, contrarrevolucionarios, espíritus dudosos, tibios, sin suficiente fe en la causa, que por eso mismo se convierten en un peligro. Nadie puede librar su cabeza de ese péndulo con filo de guillotina que es el destino.

 

 

 

Sergio Ramírez
Escritor, abogado, periodista y político nicaragüense. Fue vicepresidente de su país

 

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