¿Por qué protestan en Brasil?

30 de junio de 2013

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Ha sorprendido a casi toda la comunidad internacional, pero sobre todo a los analistas y mejor conocedores de América Latina, las recientes (y masivas) protestas que se están desarrollando en estos días en las calles de las principales ciudades de Brasil. Lo que un principio parecía ser una simple protesta por las subidas de precios en el transporte, algo lógico en cualquier ciudad del mundo, acabó «degenerando» en un movimiento de protesta cívico, espontáneo, pacífico, pese a la reacción desproporcionada de las fuerzas de seguridad y el ejecutivo brasileño, joven y urbano muy en la línea de las grandes concentraciones de los indignados en España, los manifestantes del parque Gezi en Turquía e incluso las protestas ciudadanas de todo el mundo árabe en su ya marchita primavera.

El pretendido e inacabable idilio, que algunos tildaban casi de «eterno», entre la presidenta brasileña Dilma Rousseff y la ciudadanía del país más grande de América Latina se acababa de la noche a la mañana de una forma abrupta, incluso violenta y poco romántica después de ver las brutales escenas de enfrentamientos entre la policía de este país y unos jóvenes indefensos. Incluso, llegados a este punto, podríamos hablar de una represión injustificada ante unos manifestantes que había tenido el valor de reclamar sus derechos en un mundo donde nadie hace nada por que se respeten los mismos. No mendigaban, luchaban por sus derechos, asunto bien distinto.

Dilma y Lula
Los años de gobierno de izquierda moderada, primero bajo el mandato de Luiz Ignacio Lula da Silva y después con su heredera natural, Dilma Rousseff, han generado una serie de políticas sociales que han sacado a millones de brasileños de la pobreza. También que se haya conformado un gran clase media, que podría superar ya a más del 50% de la población y que busca su lugar natural en la sociedad. Paulatinamente, la pobreza y la miseria extrema han decaído y numerosos sectores han salido de la exclusión social y gozan de una prosperidad y bienestar indiscutibles.

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¿Cómo ha sido posible que estas protestas hayan sido posible en el país más exitoso en material social de todo el continente? Muy fácil: el desarrollo de la clase media en un país está en relación directa o en consonancia con el auge y génesis de una auténtica sociedad civil, un tejido social formado por organizaciones no gubernamentales, sindicatos, partidos políticos y toda una suerte de instituciones no dependientes de los poderes públicos. Sin clase media no hay sociedad civil y sin sociedad civil no hay expresiones, o manifestaciones, de la ciudadanía libremente organizada.

En Brasil, esta verdadera mutación social, que no se ha dado en otros países del continente con crecimiento alto, como Colombia o Perú, ha transformado profundamente sus estructuras y ha generado grandes e innegables cambios. Los medios de comunicación expresan un rica pluralidad y diversidad, los jóvenes, hasta los que no tienen medios, han accedido a la educación superior de calidad, los sindicatos e inclusive los partidos políticos muestran un nuevo brío y, sobre todo, que se ha producido la universalización de la información, ya a nadie se le puede engañar acerca de su futuro y su destino. Las redes sociales, innegablemente, han contribuido a esta gran transformación sin precedentes.

«Se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo», dijo hace más de un siglo Abraham Lincoln acerca de la utilización del engaño en la política. Algo parecido ha ocurrido en Brasil, la sociedad civil de este país alcanzó su mayoría de edad y es más que seguro que, a partir de ahora, ya nadie podrá sustraerle a la mayoría social de este país del debate acerca de los grandes temas que le competen.

CRECIMIENTO ECONÓMICO, MUCHO DECORADO CARTÓN PIEDRA Y POCOS BENEFICIOS

Los brasileños han visto en estos años como llegaban las grandes inversiones extranjeras a su país, la comunidad internacional les otorgaba importantes eventos para que fueran organizados en Brasil y un prestigio y una fama que deslumbraban a sus gobernantes. Todo ese decorado de cartón piedra, alumbrado por los fuegos artificiales que a bien tenían organizar los Lula, Rousseff y compañía, no se correspondía con los cambios que demandaban. El «divorcio» estaba servido, el conflicto tenía que aparecer y era solo cuestión de tiempo cuándo.

El crecimiento económico de estos años no ha bajado del 4% y y el desempleo decreció del 10 al 5%, unas cifras récord para una economía estancada en los años anteriores a Lula y que mostraba una actitud titubeante. Ese crecimiento económico, con la incorporación de millones de brasileños a la prosperidad social, ha sido, paradójicamente, el talón de Aquiles de la izquierda brasileña que gobierna ahora en Brasilia.

Dilma bla bla
Porque de la mano de ese éxito económico, pero también social en materia de lucha contra la pobreza y de consolidación de una clase media, creció el descontento ante la subida de precios de los productos básicos y el transporte; hubo una bajada en el poder adquisitivo de los más humildes; se extendió una corrupción escandalosa que deslegitima al sistema democrático y a la clase política; y se generó una distribución escandalosa de la riqueza, por mucha clase media que haya. Luego están los millones de desheredados y pobres que están esperando su lugar, su nueva ubicación en la franca transformación que vive la nación en todos los sentidos.

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Sin embargo, esta protesta, al igual que la de los indignados en España y quizá también con los que se manifiestan contra el parque Gezi en Turquía, tiene mucho que ver con el descontento de los sectores urbanos, jóvenes y universitarios con el actual estado de cosas. Hijos del desarrollismo social y económico de los últimos años en el país, estos jóvenes brasileños, al igual que los que protestaban en las postrimerías del franquismo, son hijos del sistema creado por Lula, y ahora quieren su parte en el pastel, dar su voz y voto acerca de las grandes cuestiones y no quedar al margen de los grandes procesos que vive el país. Por eso, ni más ni menos, protestan y no se van a callar por mucho que la policía brasileña se empeñe en exhibir gratuitamente su brutalidad como ha hecho en estos días.

La respuesta a estas demandas es política. La presidenta Rousseff ha hecho muy bien en responder con iniciativas políticas a lo que es la manifestación social del espectacular cambio que se ha dado en Brasil en estos años, en una línea muy distinta a la dada por el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, que sigue viviendo en la Turquía del pasado y es incapaz de escuchar las voces de renovación y cambio de su pueblo. Como decía Mijail Gorbachov, «la historia castiga a los que llegan demasiado tarde al tren de los cambios». ¿Habrán aprendido los actuales dirigentes brasileños la lección de ciudadanía que le han dado en estos días cientos de miles de jóvenes deseosos de cambio y modernidad? ¿Sabrán darles una respuesta más allá de enviar a la policía?


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Ricardo Angoso
Periodista español
rangoso@iniciativaradical.org 




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