Jesús Peñalver: Rectificación de partida

29 de octubre de 2016

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Otra vez acecha el personaje siniestro al que se le teme en todas sus formas de presentación: El coco, el espanto, fantasma o sombra amenazante. ¿Es una tiniebla, es un adefesio o un duende? Porque supermán no es.

Ahora el coco luce su nacionalidad, no fue necesario recurrir al juicio de rectificación ni de inserción de partida, ni nada de parecida naturaleza, sino que el cónclave de gandules han fallado que el espurio es nuestro paisano.

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De ahora en adelante, amable lector, no se nacionalice ni dé más vueltas, vaya a Dos Pilitas y obtenga su plasta-sentencia que lo hará más venezolano que la arepa o la cachapa.

Ese coco no perdona ni tolera a nadie ni a nada que no le sea afecto, quienes no le siguen ni aplauden afanosamente sus ocurrencias, rechazan la manera omnipotente y omnipresente de ejercer el mando, piensan distinta y por ello el poder, trocado en perverso coco, ejerce sobre ellos acoso y persecución, al punto de reducir al mínimo todo vestigio de diferencia.

De allí las expropiaciones, cierres de medios de comunicación, censura y autocensura, leyes represoras, amenazas y encarcelamiento de la disidencia, y un rosario más de calamidades que hoy aquejan a la sociedad venezolana.

Antes el golpista con su quebranto se salud, para algunos, pudo haber sido el principio de propósitos de rectificación y de enmienda. Para los ilusos, el cáncer en el trópico podía servir de bálsamo para el mal que sufre el país desde hace algún tiempo bastante largo, una suerte de clavo sacando otro, un alivio, pues.

En todo caso, un lunar o un uñero del golpista que mandaba no tenía porqué paralizar a toda una nación que reclamaba, en buen derecho, un cambio de presidente dentro de lo cánones constitucionales y legales que rigen a la República. Era Chávez, hoy difunto.

Hoy se trata del espurio que en mala hora fue dejado allí, con la aprobación siniestra de la diabólica dupla cubana, cuyo poder –eso creo- acusa miedo y debilidad en sus posibilidades electorales; pero por otra parte, sabemos quién detenta el mando en Venezuela, y seguramente intentará conservarlo a troche y moche, sin prescindir de toda estratagema o modo delictivo para lograrlo.

Son los factores democráticos representados en la Mesa de la Unidad, instancia política que los aglutina, los llamados a servir de faro orientador de las luchas, protestas y manifestaciones de la sociedad venezolana que pide a gritos un cambio de gobierno en paz. Habrá mucho por hacer luego de esta barbarie de casi dieciocho años que ha acogotado la economía, el sistema político y las libertades públicas en Venezuela.

Acudir a la protesta en la calle es hoy la inquietud de muchos venezolanos que, viendo la apatía de sectores limitados únicamente desde barreras ilusorias y auto impuestas, que en nada contribuyen a una salida democrática, unitaria y dirigidas por luces orientadoras que nos permitan superar a la “revolución bonita” que nos desgobierna.

La tranquilidad de la indiferencia es mala consejera, perniciosa, de allí la necesidad de expresarnos bajo cierta guía de factores democráticos que hoy cumplan su función; que ofrezcan válidas posibilidades de resolución de la crisis que socava las bases de la democracia misma.

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El coco seguirá en cadenas ilegales, rindiendo culto a la personalidad abusando de bienes públicos, y de él vale burlarnos –como de nosotros mismos- que es algo sano y bueno, sea el gobernante de turno, caudillo civil o militar. Y burlarnos con más razón, si el gobernante cree serlo sin tener condiciones ni partida de nacimiento.

Y cómo no burlarnos de un ser que habla con un pajarito que revolotea sobre su cabeza y hace de los panes, penes. Si algo está podrido, además de los alimentos en los contenedores, es justamente el concepto socialista del chavismo.

Es la peste chavista dieciochoañera coloreada de un rojo alarmante, que jamás ha debido tener cabida en ningún lugar del mundo, y que hoy la encarna el aposentado en Miraflores, ahora muy orondo en su condición de “venezolano” dizque con buenas intenciones, propiciando un diálogo inexistente que jamás podrá ser, dadas sus ideas explosivas y planes diabólicos.

Sin más giros, sabemos quienes nos gobiernan, y esa realidad se puede cambiar, porque es preciso no haber nacido en un país, padecer de un resentimiento muy arraigado o ser bien despreciable para odiar a su gente.

Estamos en una clara y alarmante constatación de que vivimos en un desolado infierno bolivariano, pero saldremos de esto. Porque la verdad sea dicha, hace mucho rato que Venezuela quiere ver su partida.

jesus-penalver-septiembre-2016 Jesús Peñalver es abogado
Columnista de Opinión
penalver15@gmail.com / @jpenalver



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