Gabriel Albiac titula: La imbecilidad perenne

28 de noviembre de 2016

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Sólo lo imbécil perdura. Y cuando, al fin, se extingue es ya demasiado tarde. Y es como si no hubiera sucedido. Uno lo fue borrando de su cabeza: es el único modo de soportar lo insoportable. O de hacer como que se soporta. Porque lo insoportable no es el mal. Lo insoportable es el mal de cuyo triunfo nos sabemos cómplices. Necesarios.

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No había originalidad en el caudillo Fidel Castro. Era otro más en la inmemorial cadena de déspotas pintorescos que en el trópico florecen como líquenes. Su histriónica biografía podría ser narrada mediante sobria lectura, en voz alta, del 
de Valle. O del de Roa Bastos. O del de Asturias… Anacronismos narcísicos y ajenos a racionalidad; ni siquiera perversa. No, no son ni Hitler ni Stalin sus modelos. Demasiado modernos. Su filiación simbólica es la, intemporal, del mago de la tribu. Sus actos, en política como en economía, no se atienen a coste y beneficio. Se soportan sobre las liturgias de un hechicero supremo de vudú. Nada que ver con fascismos ni comunismos, esos hijos del modernismo europeo. Sólo conjuros.

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Por eso, todo en él debía atenerse a escenografías siempre de la desmesura. Da igual que fueran cómicas para una gente adulta y descreída. Ni adultos ni descreídos son los fieles sobre los cuales alza su autoridad el hechicero. Las siete u ocho horas de hilarantes mítines, los partidos de baloncesto, durante los cuales se atendía a las legaciones amigas, sin dejar nunca de ganar por dos o trescientos a cero, la abolición de la ley del valor por decreto, el exterminio de una generación de jóvenes en Angola, la tranquila rentabilización del narcotráfico como negocio de Estado y la aún más tranquila ejecución de sus gerentes militares cuando lo de Gorbachov acabó por ponerlo nervioso… Nada de eso puede ser analizado en términos políticos.

Ni siquiera en los términos homicidas de los totalitarismos europeos. Su lógica era ancestral y mágica. Como Papá Doc en Haití, Fidel Castro sabía que sólo el terror al mago es invencible en tierras caribeñas. Su originalidad fue ponerlo al servicio de la Guerra Fría. Y pasar a los soviéticos la cuenta de gastos. En los años setenta, nada odiaba más un ciudadano del atormentado Este de Europa que a aquellos pintorescos isleños que vivían a costa de su ya escuálido presupuesto.

Veintisiete años después del fin de la Guerra Fría, Castro era un anacronismo. Putrefacto. A mí, ya ni me enojaba. Me aburría, sólo. Que se haya muerto ahora ya ni tiene gracia. Salvo la de constatar que de eso no se libran ni los hechiceros. Y perder demasiado tiempo hablando de un brujo tribal me es anacrónico. Mejor hablar de otra cosa: de nosotros. De esa Europa –y, sobre todo, de esa España– que le rió las gracias. Sin pararse a pensar en la sangre que acarreaban. Lo enigmático de Castro es eso: que la biografía del monstruo sea la biografía de nuestros errores. O de nuestra imbecilidad. Que es la única virtud humana que, al fin, perdura.


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Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid




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