Gabriel Albiac: Dulce engaño

28 de febrero de 2020

Engaño 989





Éste podría haber sido el tiempo del esplendor, me digo. Y río. Es madrugada. Las voces, que David Skinner dirige, tapizan la biblioteca en el clima sagrado que es propicio a la lectura, a la escritura, a ese único lujo humano de entenderlo todo: la belleza y el silencio, que son todo.

«¡Cuán dulce el engaño…!». Philippe Verdelot, quien sería, junto a Adrian Willaert y Henricus Isaac, el más preciado de los músicos que acuden al esplendor de la Florencia Medici, había compuesto esa minúscula exquisitez como don de gratitud a un amigo de lecturas y francachelas. Poderoso en su momento, luego caído en desgracia, mucho más tarde de nuevo alzado hasta el vértice de la política. Era, además, todos

lo sabían, un asombroso escritor aquel canciller Niccolò Machiavelli. Y hombre tan vulnerable a la belleza femenina como para ocupar su poco tiempo libre de político y de erudito en tejer un divertimento teatral a mayor gloria de la actriz que era entonces su jovencísima amante: la legendaria Bárbera. A la voz de aquella chiquilla se ajusta cortésmente la tesitura de la música que Verdelot pone a los versos del hombre en cuyas manos reposa la única posibilidad de que Italia sobreviva al duelo hegemónico entre el rey francés y el emperador Carlos V. «Cuán dulce el engaño,/ que encamina al fin imaginado y deseado,/ en donde todo afán se aquieta/ y en dulce trueca toda amargura…».

Sólo dos veces pudo Niccolò Machiavelli asistir a la pública representación de esa Mandrágora, en cuyos entreactos la voz de «su» Bárbera Salutati diera al público presente -y diera a él, sobre todo- el estupor de aquella lírica, la más delicada, que era el soporte de la inteligencia más alta -y la más dura- de su siglo. A mí, ahora, en esta biblioteca que abole herméticamente el hostil mundo, me basta con pulsar la orden a un inmaterial genio telemático: ¡tiempo del esplendor! Y Verdelot suena. Impecable. Suenan, impecables, los versos de un hombre demasiado sabio como para ignorar que sus mejores años habían ya pasado. Y que decide amar esa melancolía, sin embargo. Y nunca detenerse.

Niccolò Machiavelli
En 1526, la correspondencia entre Niccolò Maquiavelli y el luogotenente del Papa, Francesco Guicciardini, da cuenta del propósito de ambos amigos: estrenar La Mandrágora en Venecia. Y, en medio de las páginas dedicadas a planificar el choque militar con los lansquenetes imperiales, ambos dejan correr la brisa de la vida deseable, bajo forma de comentario de los cinco poemas que habrá de cantar esa Bárbera «que se diría duerme con vuestros ojos».

La Mandrágora es una obra maestra. Los madrigales compuestos por Verdelot para la voz de la muchacha, cristalinos. Pero los planes de guerra de esos que son los más grandes estrategas de su tiempo, Guicciardini y Maquiavelo, son catastróficos. Llevarán, en perpendicular, al Saco de Roma. Y a la mayor tragedia renacentista. Llevarán también a Maquiavelo a una muerte que es más de pesar que de otra cosa. Y a Guicciardini a un exilio del cual saldrá su enorme Historia de Italia. Y Bárbera, la pequeña Bárbera, acabará siendo la cortesana más prestigiosa de Roma: aquella que recordó siempre a sus dos amados e ingenuos sabios. Porque se podía entonces ser sabio y guerrero y poeta. Todo ello en grado supremo. Era el primer tercio del siglo XVI.

Maquiavelo la Mandragora
Podría estar hoy toda esa inteligencia, toda esa belleza en cada rincón del planeta. A una sola tecla de cada ordenador. Podría estar, me digo. Y sé que no estuvo nunca tan lejos. Sí, «¡cuán dulce el engaño!».

gabriel-albiac-2017-creditosGacriel Albiac, catedrático de Filosofía de la Complutense. Ha obtenido los premios González Ruano, Samuel Toledano y Nacional de Ensayo. Su último libro es «Blues de invierno»

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