Gabriel Albiac: Salvad al soldado Sánchez

27 de febrero de 2015

Pedro Sánchez portada 1



En vísperas de los armisticios, las batallas se vuelven muy crueles. Es la lógica de la guerra: antes de que el alto el fuego cristalice las líneas del frente, se requiere arañar hasta el último milímetro de suelo al adversario. Después, todo será irreversible. Es la lógica de la guerra, que retrata Carl von Clausewitz: «amenazar al enemigo, mientras se mantiene la baza de las negociaciones». Pero política y guerra son lo mismo, bajo levemente distintas panoplias instrumentales. «Del terrible mandoble de la guerra, que es preciso alzar con las dos manos para golpear una vez y sólo una, la política hace una espada ligera y manejable, a veces un grácil florete que alternativamente usa golpes, fintas y paradas», escribe el tan metódico Clausewitz.

Pero también los floretes matan. Y el ridículo, aún más. La esgrima es arte que hay que dosificar con celo. Herir de muerte a aquel con quien se está obligado a negociar, es un error cuyo coste puede ser alto. El arte de la política, como el de la guerra, consiste en calcular hasta qué punto el desgaste del otro nos sea ventajoso y a partir de cuál cerrarle un repliegue airoso pueda llevar a la catástrofe: a la suya, por supuesto; pero también a la nuestra.

Podemos chavista
El campo de batalla se ha desplazado en la política española. La irrupción de una fuerza puesta en pie por esos locos populismos caribeños que creíamos sólo evocación nostálgica del Valle Inclán más hilarante, modifica las reglas de juego. El de anteayer fue el último «debate de la nación» regido por las normas que la transición soñó fijar como inmutables. Pero nada es inmutable en política, sencillamente porque nada lo es en la vida de los humanos.

El material soporte caribeño, por un lado, y el hondo desprecio con que los partidos mayoritarios han robado y humillado al ciudadano por otro, han hecho verosímil lo que nadie esperaba hace apenas tres años. No volverá a haber parlamento bipartidista. El mapa electoral español, que –aberraciones nacionalistas aparte– garantizaba la alternancia blindada de dos grandes partidos, va a fragmentarse en un rompecabezas de composición nada fácil. Los populismos –de momento, el bolivariano-peronista, pero irán saliendo más– tienen todo a su favor para implantarse de manera estable. Ascendente incluso, si reprimen ligeramente su natural tendencia a lo cómico.

PSOE Pedro Sánchez
En un primer embate, será el PSOE el que saldrá pulverizado. Digo el PSOE, y excluyo a un partido socialista en Andalucía que, por haber ocupado ya, desde hace muchos años, el papel clientelista del peronismo en el sur de España, se verá previsiblemente poco afectado por la arremetida chaveziana. Si les queda una subatómica partícula neuronal, los socialistas andaluces obrarían muy sabiamente cambiando el nombre de su partido, para no ser contaminados por la caída de la Casa Usher, que se le viene a Pedro Sánchez sobre la cabeza. Susana Díaz podrá darse incluso el lujo de echarle una mano moral –o material, si se cuadra– a sus agónicos excolegas del norte de Despeñaperros. Quedaría la mar de magnánima. Siempre que ponga distancia respecto de esos pobres apestados: Vae victis!

Yajoy y Sánchez
Sobrevivirá el PP. Tras la primera embestida de la ola airada. Pero no podrá gobernar solo. La oleada populista, ningún partido podrá afrontarla por su cuenta. Y aunque el PSOE haya quedado en piltrafa, con esa piltrafa toca hacer el armisticio. No es hábil sacudirle estopa. A la espera de la gran regresión caribeña en puertas, mejor no hacer demasiada sangre con Sánchez.


Gabriel Albiac 2


Gabriel Albiac

Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid







Síguenos:
facebooktwitterrssyoutube


Otros artículos de interés