Gabriel Albiac: Naturalismo idiota

26 de noviembre de 2019

Naturalismo idiota




Tarde insípida de domingo. Invierno. En el capullo de la biblioteca, anida una oruga que rechazó la metamorfosis. Los libros la insonorizan del ruido externo. Las generaciones que vienen ignorarán esa dulzura. Hoy alcanzan aún a leer los no sé cuántos caracteres de un WhatsApp. En pocos años, esos no sé cuántos signos parecerán la Enciclopedia Británica a los hijos de nuestros hijos.

De contiguos anaqueles, tomo dos volúmenes. «La naturaleza en nada aprecia o atiende más a la semilla del hombre que a la de la hormiga». Giacomo Leopardi escribió eso en 1836. Pero es privilegio del poeta tallar en la intemporalidad sus versos. Lo efímero, en la escritura, podrá ser cualquier cosa; nunca poesía. Y Leopardi es uno de los pocos poetas cuyos versos nacen en presente absoluto a cada instante.

La retama, más que un canto, es una lúcida elegía por la condición humana: tan marcada por la desgarradura entre el saber y el querer, grieta propia al animal que habla en el exacto punto de cruce entre razón y afectos; entre libertad, pues, y servidumbre. Una elegía cuya belleza se enreda en la meditación en torno a los innúmeros recursos que permiten a los humanos mentirse con la mayor eficacia. Y, de entre esos recursos, uno: fingir un sentido que ponga al animal que habla -y se habla y se miente al hacerlo- en el vértice de la gran pirámide de la naturaleza. Lo que el Génesis maquina como un mimar ante el espejo lo divino -«a imagen y semejanza Suya»-, el hombre moderno lo ha trastrocado en imaginarse vértice de una «Naturaleza» preñada de sentido y de fines. Y, en el fin de esos fines, claro está, él mismo.

No hay mentira más necia. Ni engaño más eficiente. El sentido -en naturaleza como en historia- no es más que el pálido consuelo del animal que ansía salvarse y que se sabe, como todo, condenado a muerte. Leopardi mira, con majestuoso desdén, ese «siglo soberbio y necio» que se afana en espejarse en la primogenitura de la naturaleza. Lo mismo haría un gusano que poseyera capacidad para pensar, para pensarse; para erigir, pues, un universo cuya finalidad sería engordar lombrices. O una lechuga. O, ¿por qué no?, una cucaracha.

La fantasiosa filiación puede operar retóricas de arrobo. O bien de odio. Es lo mismo. La misma idea de la primacía humana en los rangos y escalas naturales, atraviesa el despechado poema que Voltaire asesta al Dios del terremoto que devasta humanos, porque también el odio da sentido; tanto como el amor. Y porque aceptar que la naturaleza es una red infinita de causaciones, sin orientación, valor, finalidad ni destino, y que los hombres son una nimia partícula más en ella, se le hace incómodo a la vanidad humana. «Salvar» al planeta, «destruirlo»: llamamientos grandiosos. Y, por igual, narcísicos. Y, por igual, ridículos. Saber que los humanos poca cosa modifican en los ciclos infinitos de las galaxias es una verdad humilde. Y nada grata para la fatuidad humana. Leopardi: «No sé qué prevalece, si la piedad o la risa».

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Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



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