Montaner nos cuenta sobre Uva Hernández-Catá

26 de octubre de 2013

Uva Hernández Catá

 
Buenas noches. Soy Carlos Alberto Montaner. Vengo a hablarles de Uva Hernández Catá y de un nuevo concepto en el terreno de la sociología: el capital cultural. 
 
Uva Hernández Catá 2No quería perderme la oportunidad de honrar la vida y la memoria de Uva Hernández Catá. Gracias por invitarme a celebrar el centenario de su nacimiento. Le tuve mucho cariño. Era una mujer amable, conversadora, inteligente, incisiva. Resultaba gratísimo compartir con ella. Me encantaba visitarla. Aprendía y disfrutaba.
 
Uva, esa Uva, fue hija de Alfonso Hernández Catá, un notabilísimo diplomático y escritor de la primera etapa de  la vida republicana, casada con el Dr. Ernesto R. de Aragón, prominente médico y padre de sus tres hijas, entre ellas mi amiga, la muy valiosa escritora y profesora universitaria Uva de Aragón. Se quedó viuda muy joven y contrajo matrimonio con Carlos Márquez-Sterling, un político e intelectual ejemplar que trató de salvar al país en su momento más critico.
 

Observen rápidamente este cuadro familiar. A eso me refiero cuando menciono la expresión “capital cultural”. Son esos conocimientos, esos juicios morales y ese estilo de abordar la realidad y las relaciones interpersonales que se adquieren como una bendita herencia social.

 
De alguna manera, el capital cultural es la confirmación de que la aristocracia del espíritu, concepto al que se aproximó José Ortega y Gasset más de una vez, suele coincidir con cierta atmósfera hogareña. No siempre, pero casi siempre, el talento fructifica donde el terreno es fértil.
 
Uva Hernández Catá nació rodeada de libros y de personas inteligentes que decían cosas inteligentes, circunstancia que, sin duda, contribuyó a su formación. Como vivieron en España durante los años de la niñez de Uva, porque su padre era diplomático en ese país, la lista de intelectuales que frecuentaban su casa, o con los que mantenían relaciones amistosas, era impresionante: Alberto Insúa, Eduardo Zamacois, Gregorio Marañón, Luis Jiménez de Azúa, Antonio y Manuel Machado, Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, Federico García Lorca, María Zambrano, Luis Cernuda y un larguísimo etcétera que incluye a Benito Pérez Galdós, el gran novelista del realismo hispano y, en cierta forma, avalista literario de Alfonso Hernández Catá.
 
Cuando vivieron en Cuba, también se rodearon de intelectuales y personas notables: Fernando Ortiz, Salvador Bueno, Enrique Labrador Ruiz, el caricaturista Juan David, Alejo Carpentier, el pintor Mario Carreño, Ernesto y Ernestina Lecuona, Jorge Mañach, Gastón Baquero, Raúl Roa y Juan Marinello, creadores, en fin, de todo el espectro ideológico de la sociedad, porque la verdadera aristocracia espiritual no debe ser sectaria ni exclusiva. Ellos no lo eran.
 
La fuente de esta información es una espléndida crónica de Uva de Aragón sobre su tía Sara, hermana de Uva madre, a quien también conocí y admiré en Caracas. Ahí, en ese texto de Uva hija, comparecen muchas de estas figuras con las que su familia estuvo relacionada, y se reproduce un delicioso “Palabreo de Sara Hernández Catá” escrito por el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, exiliado en Cuba, como los dos Rómulo, Gallego y Betancourt, país en el que, al margen de la protección que recibieron del entorno del gobierno democrático de Carlos Prío, los desterrados venezolanos fueron cálidamente acogidos por Sara y su solidaria familia.

Uva de Aragón

Uva de Aragón

 
Usualmente, cuando hacemos el doloroso balance de la destrucción de Cuba, anotamos, con justo horror, la trágica desaparición de vidas humanas, el sufrimiento de los cubanos en las cárceles, y las cuantiosas pérdidas materiales de las familias que vieron esfumarse todo su capital y todos sus ahorros. Como hemos oído y repetido mil veces, la Isla parece el territorio de un país cruelmente bombardeado.
 
Pero dentro de ese terrible panorama de desolación –hay que ver El arte de hacer ruinas, ese extraordinario documental–, no suele incluirse la destrucción del “capital cultural” que albergaba el país. 
 
Ya no existen esas cientos, quizás miles de familias, hoy y desde hace medio siglo aplastadas y dispersas por la barbarie revolucionaria, que cultivaban la afición por las buenas letras, el gusto por la discusión de las ideas novedosas, el respeto por los criterios discrepantes, la práctica de maneras civilizadas y amables que acababan por impactar al conjunto de la sociedad, convirtiéndose en verdaderos modelos de convivencia para el resto de la ciudadanía. 
 Cuba 34543
Cuando nos preguntamos cómo hemos llegado al salvaje comportamiento que se observa en la Cuba de nuestros días, estupor que en sus escasos momentos de lucidez hasta comparte Raúl Castro sin advertir que él es uno de los causantes directos de ese desastre, podemos hallar la respuesta en ese desgraciado fenómeno: la aniquilación implacable de nuestro mejor capital cultural.
 
En fin, así era la entrañable familia de los Hernández Catá. Así era mi amiga Uva, hija de D. Alfonso, esposa de D. Carlos y madre de Uva de Aragón. Toda una saga del mejor y más decente vivir, desgraciadamente extirpada de la vida cubana. 
 
Se cumplen cien años del nacimiento de Uva. Es una buena ocasión para celebrar su vida y también, cómo no, para lamentar la pérdida de ese inmenso capital cultural. Es una buena ocasión, también, para darle mi último abrazo a esa familia tan querida, tan respetada y tan respetable.



Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner
*Periodista y escritor
Vicepresidente de la Internacional Liberal
@CarlosAMontaner 




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