Y no es irrespeto decir que Leonardo era un Crapulone…

26 de marzo de 2013

Leonardoportada

Si voy a reaparecer con mis crónicas gastronómicas, lo haré contando chismes sobre Leonardo Da Vinci, ese florentino nada corriente que además de ser un genio del arte, un ingeniero e inventor prodigioso le encantaba la gastronomía y hasta textos de cocina legó a su rica historia.

Nació el 15 de abril de 1452 en Vinci, cerquita de Florencia, y dicen las malas lenguas que fue el hijo no deseado del notario Ser Piero da Vinci y Caterina quien parece que no era muy noble. Después que Leonardo nació, el notario terminó casándose con otra mujer florentina de dieciséis años y Caterina su madre casó con un repostero en paro llamado Accatabriga di Piero del Vacca que lo acostumbró a hartarse de dulces lo que lo hizo un niño muy gordo, como le pasa a todo tragón. Era tan goloso que le llamaban Crapulone, como a mí que me llaman Glotón pero nada gordiflón…

Pero no caben dudas: Leonardo también fue un gran gastrónomo como lo sustentan libros de la época en los cuales se puede leer que su cocina era suave, riquísima en sabor y extrañamente demasiado cruda; esto porque el gran florentino decía que no había que cocinar en exceso las verduras para que no perdieran sus colores gozosos y naturales, o sea mis lectores apreciadísimos, Leonardo ni a la hora de cocinar perdía su extraordinaria sensibilidad de artista del matiz.

Cuando abandonó este mundo aquel año de 1519 tenía 67 años y buscando entre sus cosas se encontró en un baúl abandonado su cuaderno de recetas, un fenomenal tratado de gastronomía. Allí hay infinidad de consejos sobre cómo cocinar carnes y vegetales y además sobran deliciosos comentarios.

“Me siento triste –escribe- porque durante todo el día he estado examinando los platos de polenta… ¡y qué aburrida resulta la pobre en su apariencia!”

Y muestra su gran sentido del humor cuando asegura: “Si hay un asesinato planeado para la comida… entonces es mejor que el asesino se siente a la derecha de aquel al que piensa matar, no vaya a ser que altere la conversación del resto de los comensales…”

Para muchos de sus biógrafos se podría reconstruir toda la vida de Leonardo en función de su amor casi enfermizo por la cocina. Y de él dijo el superlativo Freud: “Leonardo Da Vinci es como alguien despierto cuando todos los demás aún duermen».

Como les comenté, al casarse Caterina su madre con Aaccatabriga, ese encantador repostero, que el propio Leonardo definía como “grosero, desaliñado y glotón” de él recibe una verdadera educación culinaria con todo lo que la cocina tiene de arte y sutileza. Sin dudas que por ello tomó la costumbre de moldear sus proyectos artísticos y arquitectónicos con mazapanes. Hasta el final de sus días presentó con esa masa dulce y sabrosa las maquetas de sus proyectos y también hasta el final de su vida conservó la pasión por la comida, pasión que no pocas veces antepuso a cualquier otro proyecto no importándole si era o no importante.

A las artes agregó el oficio de tabernero. Y es que para aumentar sus escasos ingresos, trabajó por las noches sirviendo en una famosa taberna llamada “Los tres Caracoles”. Se dice –no sé y no pienso mal- que pudo ascender a Jefe de cocina de “Los tres Caracoles” cuando murieron por envenenamiento todos los cocineros de la taberna y esto lo hizo infinitamente feliz, más que el importante encargo que Verrochio le hizo para colaborar en la elaboración de un cuadro sobre el bautismo de Jesucristo.

Muchos consideran que Leonardo inventó la Nouvelle Cuisine ya que a él se le conoce la invención de platos delicadamente presentados, platos con muy pequeñas porciones de comida que se dice colocaba sobre pedacitos tallados de polenta con los cuales buscó sustituir los platos ordinariamente llenos a rebosar que tanto gustaban a los hombres y mujeres de su tiempo y también de ahora, al menos a los rechonchos jerarcas de ese mazacote ideológico que en América Latina mientan “Chavismo”, muchos de esos jerarcas que parecen verdaderos “Porcus bípedos” grasientos y obesos.

En tiempos de tragones, eso no gustó y se dice que sus conciudadanos, que querían comer hasta hartarse lo repudiaron militantemente. Parece que hasta tuvo que salir huyendo para salvar su vida porque muchos parroquianos y comensales vieron en ese “Arte culinario” de Leonardo una burla… lo cual crea tal escándalo que salva la vida por poco ya que querían matarlo por pensar los hambrientos comensales que se estaba riendo de ellos; y es que la gente hay veces que tiene poco sentido artístico, bastante primitivismo, violencia y nada de tolerancia…

Así retorna al taller del maestro Verrochio pero sin dejar sus ilusiones de restaurantero. Se le presenta una gran oportunidad cuando se quema un negocio del que tuvo que salir corriendo como consecuencia de peleas entre bandas rivales, pero lo vuelve a abrir con su amigo Botticelli, el gran pintor. Le colocan un nombre rimbombante: La Enseña de las Tres Ranas de Sandro y Leonardo, y lo decoran con dos lienzos pintados por cada uno de ellos. Pero mucho nombre y mucho arte no traen comensales y la razón es una: Es muy difícil que la gente -hace más de quinientos años o ahora en pleno siglo XXI- pague por una anchoa y una rodaja de zanahoria, aunque el platillo lo elaboren tíos tan geniales como Botticelli y Leonardo.

Leyendo las crónicas me entero que también Leonardo fue un precursor de los “Indignados” y que de tanto fracasar como cocinero y gastrónomo, estuvo “Parado” por más de tres años ya que no hubo fonda ni taberna que aceptara esas ideas tan excéntricas. Fue esa la razón para que tuviese que ganarse la vida haciendo dibujos y tocando el laúd por las calles de Florencia.

Con una fuerte depresión, después de su segundo fracaso, abandona Florencia y viaja a Milán en 1482, allí él mismo escribe una carta de presentación para Ludovico Sforza llamado “El Moro”, Duque de Milán donde le asegura: «… Soy maestro en contar acertijos y atar nudos. Y hago pasteles que no tienen igual». Esto seguro fascinó al dueño innegable de los hilos del Poder milanés. El Moro le nombra consejero de fortificaciones y maestro de festejos y banquetes de la corte de los Sforza… Como diría un barquisimetano ¡Una guará!

Definitivamente mis estimadísimos lectores, podría compartir mucho más sobre Leonardo cocinero y gastrónomo, inventor además de piezas y máquinas para usar en la cocina, pero creo que con está semblanza les inicio en el tema y ustedes solitos indagarán más… Sólo les dejo algo: un texto del libro de Leonardo, que él mismo define: “Conducta en la mesa de mi señor” y que es un verdadero manual de comportamiento y buenos modales para la época. ¡Disfrútenlo!

– Ningún invitado ha de sentarse sobre la mesa, ni de espaldas a la mesa, ni sobre el regazo de cualquier otro invitado.

– No ha de poner trozos de su propia comida de aspecto desagradable o a medio masticar sobre el plato de sus vecinos sin antes preguntárselo.

– No ha de enjugar su cuchillo en las vestiduras de su vecino de mesa.

– Tampoco ha de prender fuego a sus compañeros mientras permanezca en la mesa.

– Y si ha de vomitar, entonces debe abandonar la mesa.

– Ningún invitado ha de poner la pierna sobre la mesa.

– Tampoco ha de sentarse bajo la mesa en ningún momento.

– No debe poner la cabeza sobre el plato para comer.

– No ha de tomar comida del plato de su vecino de mesa a menos que antes haya pedido su consentimiento.

– Ni utilizar su cuchillo para hacer dibujos sobre la mesa.

– No ha de limpiar su armadura en la mesa.

– No ha de tomar la comida de la mesa y ponerlo en su bolso o faltriquera para comerla más tarde.

– No ha de morder la fruta de la fuente de frutas y después retornar la fruta mordida a esa misma fuente.

– No ha de escupir frente a él. Ni tampoco de lado.

– No ha de pellizcar ni golpear a su vecino de mesa.

– No ha de hacer ruidos de bufidos ni se permitirá dar codazos.

– No ha de poner los ojos en blanco ni poner caras horribles.

– No ha de poner el dedo en la nariz o en la oreja mientras está conversando.

– No ha de hacer figuras modeladas, ni prender fuegos, ni adiestrarse en hacer nudos en la mesa (a menos que mi señor así se lo pida).

– No ha de dejar sueltas sus aves en la mesa. Ni tampoco serpientes ni escarabajos.

– No ha de tocar el laúd o cualquier otro instrumento que pueda ir en perjuicio de su vecino de mesa (a menos que mi señor así se lo requiera).

– No ha de cantar, ni hacer discursos, ni vociferar improperios ni tampoco proponer acertijos obscenos si está sentado junto a una dama.

– No ha de conspirar en la mesa (a menos que lo haga con mi señor).

– No ha de hacer insinuaciones impúdicas a los pajes de mi señor ni juguetear con sus cuerpos.

– No ha de golpear a los sirvientes (a menos que sea en defensa propia)

Y no me voy sin decirles a todos mis consecuentes lectores, los que me escriben y escriben aun cuando haga ya mucho tiempo que dejé estas crónicas que he retornado y que no deben olvidar que quizás en la mesa de enfrente, o codo a codo en esa barra puedo estar yo MONSIEUR GLOUTON. Escríbanme, serán mis compañeros de cruzada por el respeto al comensal y la motivación para más crónicas…

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