Gabriel Albiac titula: Siria, jaque mate

25 de julio de 2012

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Obama parece haberlo apostado todo a la fiabilidad de sus aliados saudíes. En lo moral, es una hipótesis repugnante

La partida de ajedrez que se inició en la primavera de 2011 mueve sobre Siria su avance hacia el jaque mate. La caída de Bashar al Assad va a cerrar el juego. Todo el norte musulmán de África queda bajo control de una Arabia Saudí cuyos servicios de inteligencia han desplegado -con la aquiescencia de Barak Obama- una actuación milimétrica. Ni un solo fallo. Se empezó, actuando sobre una corrupta ficción de democracia: Túnez. De inmediato, se pasó a las cosas serias: cayó la dictadura militar libia, con una exhibición de crueldad por parte de los vencedores que envilece cualquier futuro; cayó un Egipto en cuya memoria el nasserismo queda sólo como un largo saqueo a cargo de la casta militar. Queda Siria, que es el gozne de toda la estrategia. Basta ponerse ante el mapa e ir siguiendo sus líneas de frontera: Turquía, Irak, Jordania, Israel, el Líbano; todo el territorio de las tempestades. E Irán, a cuatro pasos de su frontera en el Este.

Que los Estados Unidos de Obama decidieran sacrificar a los corruptos dictadores que fueron sus aliados -y los nuestros- en los no tan lejanos tiempos de la Guerra Fría tiene su lógica: la despiadada lógica de las estrategias internacionales.

El Irán de los ayatolás chiíes es hoy el peligro mayor de un conflicto nuclear con consecuencias devastadoras. Su escena bélica se juega en dos fronteras alejadas de su propio territorio. La doble línea de misiles nucleares enfrentados que separa a Pakistán de la India es la primera. Puede que se trate de la falla con mayor riesgo de fractura del mundo actual: India y Pakistán rumian heridas y odios que se remontan a su nacimiento mismo como países independientes; Pakistán es, además, el mayor criadero de terrorismo islámico en el planeta.

La segunda frontera iraní se sitúa en la «tierra de Hizbolá», sobre la franja que se extiende entre Israel y el Líbano. A diferencia de otros movimientos terroristas en el Cercano Oriente, Hizbolá es, de facto, una unidad regular más del Ejército iraní. Que, si ha podido operar lejos de su territorio, ha sido gracias a la garantía de que Siria diese vía libre a la logística de Teherán. A cambio de ello, al Gobierno de Damasco le fue entregado, en régimen de protectorado, el control pleno sobre un Líbano que, durante los tres últimos decenios, ha sido poco más que una provincia siria.

Es lo que ahora se quiebra. En la definitiva guerra de religión que opone a Irán y Arabia Saudí por la herencia única del Islam, los saudíes han ido ocupando una casilla detrás de otra. Tienen gobiernos religiosos pro-saudíes ya Túnez, Egipto y Libia. El siguiente será -poca duda cabe de eso- Siria. Y, a la amenaza iraní de cerrar el estrecho de Ormuz -y, con él, el tráfico marítimo del petróleo-, replicaron los saudíes instalando a su Ejército en Bahréin, que es la clave estratégica de esa operación.

Obama parece haberlo apostado todo a la fiabilidad de sus aliados saudíes. En lo moral, es una hipótesis repugnante: Arabia Saudí y los emiratos del Golfo componen la amalgama más tiránica y corrupta del planeta. Sadam, Gadafi, Al Assad padre e hijo han sido dictadores convencionalmente criminales. La tiranía saudí es de Derecho divino. Y no conoce límite, ni físico ni metafísico, alguno. Habrá quien diga, desde luego, que la moral poco tiene que ver con la política. Convendría que esos «realistas» se detengan a constatar cuál es el islam de los saudíes: el del clero wahabí, el más extremo en su mandato de aniquilar a todos los infieles. De ellos partió la yihad en curso. Quienes sueñan cabalgar el tigre corren el riesgo de no despertar nunca.

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

 

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