Gabriel Albiac: La fatuidad

25 de febrero de 2020

Fatuidad




L
os felices infantes creen pertenecer a una especie animal, la humana, tan potente, tan potente que hasta sería capaz, si se empeña en ello a fondo, de destruir el planeta, alterando sus temperaturas con fruslerías maquínicas, trastrocando a voluntad los milmillonarios ciclos de las glaciaciones. Nada menos. La omnipotencia de la especie parece a sus criaturillas dueña de todas las magias: para bien o para mal, tanto da eso. Lo grandioso, en la minúscula testuz del cachorrillo humano, es percibirse estirpe de una colosal magia para la cual no hay límites.

Luego, llegan los virus, las bacterias… Y el faraónico imperio -bueno o malo es secundario, secundario si crea o aniquila- se muestra como una baratija que el más ridículo gusano horada. O menos que un gusano, menos que casi nada: un virus, una bacteria, un febril microorganismo, capacitado para reducir la loada herencia de los hombres a un pelotón de podredumbre. «La enfermedad son los hombres», venía a decir Pascal. Esas curiosas cosas que, por ser mortales, están muriendo siempre, y que, por estar siempre muriendo, están ya de algún modo siempre muertas. Eso es lo que hace con nosotros el paso del tiempo, en la fórmula majestuosa con que Quevedo, retrata a estos a los que llamamos vivos: «presentes sucesiones de difuntos».

La epopeya -positiva o negativa, da lo mismo- es cosa de los tiernos infantes. Que hozan en su ignorancia y hacen de ella motivo de gran gozo: ellos pueden destruir o salvar el planeta -¡qué divertido!-, a fuerza de ducharse poco y no coger aviones, y reciclar muchos plásticos, por supuesto, y no pasarse demasiado con el uso del jabón, y dividir sus basuritas en encantadoras bolsas de diversos colorines. Hacer, en fin, mil monaditas, todas ellas encantadoras, bondadosas, inofensivas. Y, ¡zas!, planeta salvado. ¡Santa infancia!

Los adultos se enfrentan a datos de muy poco exaltadora epopeya. Ese dato puede ser un nimio virus, que éste sí, mira por dónde, según como se tercie, puede cargarse sin grandes escenas teatrales a la humanidad famosa. O, al menos, a una porción bastante relevante de ella. Sin gran retórica: el laconismo de virus y bacterias es francamente envidiable, si lo comparamos con la salvífica logorrea de los poseedores de las claves para destruir o salvar al apoteósico planeta.

De momento, ni los perversos capitalistas tienen demasiada opción para hacer saltar por los aires la esfera terrestre, ni hay demasiada probabilidad de que los aguafiestas adolescentes de todas las edades acaben con esta preciosa mañana de dominguero sol madrileño en la que escribo. Pero sí las hay -y bastantes- de que un bichito ridículo, que ni piensa ni habla ni planifica, se lleve por delante, en no demasiados meses, unos cuantos millones de sapientísimos humanos, enredados en solemnes lamentos sobre el malestar de la entrañable cucaracha urbana. Son las poéticas ironías del destino. O la determinativa matemática de lo finito, si se prefiere.

Somos bichos tan fatuos.

gabriel-albiac-2017-creditosGacriel Albiac, catedrático de Filosofía de la Complutense. Ha obtenido los premios González Ruano, Samuel Toledano y Nacional de Ensayo. Su último libro es «Blues de invierno»

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