Ignacio Camacho y un Cuento de Navidad

24 de diciembre de 2013

Navidad triste 1


Muchos años atrás, bajo la influencia de Paul Auster, había decidido escribir cada Navidad un cuento de perdedores. Almas en zozobra que arrastraban por la ciudad iluminada y rutilante el contrapunto del fracaso sentimental, social, familiar o humano. Fantasmas de la soledad y del desamparo que recorrían las calles como espejismos reflejados en los escaparates. Náufragos de la suerte, amantes abandonados, inmigrantes desabrigados de patria, ancianos sumergidos en la niebla de la desmemoria, diabéticos morales en coma por el almíbar del buenismo, sonámbulos emocionales al relente de la noche de paz. Historias de víctimas al borde de la capitulación en busca de un relámpago de esperanza entre el frío cortante y metálico de las esquinas del desaliento. Retratos del cansancio y de la oscuridad cruzando en silencio bajo los conos de sombra del paisaje urbano.

Arbol de pobreza
En los últimos tiempos la crisis le había provisto de materiales de sobra para elaborar un fresco de desahuciados de la prosperidad, pero empezaba a notar a su alrededor que la realidad se había vuelto de una dureza capaz de trascender el pulso de la literatura. Tenía la sensación de que ningún relato individual era lo bastante potente para transmitir su sensación de abismo y de congoja ante la fractura del mundo que había conocido. Notaba que su entorno se derrumbaba a pedazos sacudido por la presencia creciente de la enfermedad, el paro, los estragos de la edad y la irrupción cada vez menos esporádica de la muerte, y ningún cuadro rescatado de entre los escombros le parecía tan dramático como la intensidad abismal de ese vacío insondable. De alguna manera él mismo se sentía ya un desplazado de su propia existencia, un paseante desorientado que trastabillaba entre los cascotes de sus creencias y sus rutinas camino de un inevitable exilio moral.


Indigente 6Así que pensó en escribir un cuento abstracto sobre los efectos de la Navidad en la conciencia del tiempo y paseó la ciudad en busca de la imagen exacta que expresara la idea de esa presentida certidumbre de derrota. Rodeado del gentío que azacaneaba por un centro abarrotado trataba de encontrar una imagen simbólica del autoconfinamiento cuando casi tropezó con un montón de cartones acumulados en un portal bajo los que trataba de acomodarse un vagabundo.

Le llamó la atención el paraguas abierto con el que el hombre se protegía la cara del resplandor de las luces y de las miradas ajenas y no pudo evitar pararse a contemplar aquel improvisado hogar friolento en el que ese tipo se disponía a atravesar la noche sin horizontes de un desterrado del bienestar. Los ojos de ambos se cruzaron y de forma instintiva sacó del bolsillo el portamonedas, pero el indigente lo detuvo con un gesto tajante y su mano salida de entre los cartonajes se agitó en un soberbio movimiento de dignidad para indicarle con resolución que no se le quedase mirando.



Ignacio Camacho


Ignacio Camacho
Periodista español
Agradecemos al Diario ABC por permitirnos reproducir este artículo



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