Partir el pan

24 de junio de 2012

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El pan, lo sabemos, es alimento y símbolo esencial de la humanidad, y el cristianismo hizo de él una de sus referencias sacramentales más relevantes desde el instante en que Cristo afirmó ser «el pan de la vida». Se convirtió espiritualmente en pan y se transformó en el alimento sobrenatural de los creyentes. Una vez lo multiplicó y reconfortó a una muchedumbre que escuchaba su palabra al pie de la colina; también hizo que el agua fuese vino, y el vino se asumió junto con el pan como elemento fundamental de la Eucaristía.

Es más: el nombre de Belén, el lugar donde nació, proviene del hebreo y significa «casa del pan» que en términos más personales, pero no por ello menos elevados y luminosos, es lo que ha sido mi mujer Belén para mí durante mis últimos 47 años.

En una de nuestras más bellas oraciones pedimos nuestro pan cotidiano enlazando su valor nutritivo con el más alto de los resplandores del alma.

En otro orden de ideas, hay quienes afirman que la tenaz e impetuosa búsqueda que emprendió Jasón en pos del Vellocino de Oro no abrigaba otro interés o la misión, al menos, de señalar las rutas griegas que lo conducirían al trigo, es decir, al pan. Además, los simbolistas aseguran que tanto las semillas de trigo como el propio pan son símbolos de fecundidad y de perpetuación, y Juan Eduardo Cirlot sostiene que es por eso que a veces los panes presentan formas relacionadas con lo sexual.

Las actividades subversivas, clandestinas, que se agitaron en Nicaragua, por ejemplo, durante los años de la Revolución Sandinista revelaron la influencia que llegaron a ejercer las resonancias cristianas de la Teología de la Liberación, y logré ver en León, extendida sobre la fachada de una iglesia, una manta o pancarta rabiosamente política que cubría la cintura de Cristo. También fue uso frecuente que el manifiesto o la hoja de la propaganda insurreccional se repartiesen con el pan porque, definitivamente, él es alimento para el cuerpo y lo es también para el espíritu, sin importar si éste es sosegado o turbulento, y su presencia entre nosotros parece ser tan antigua como antiguo es el hombre sobre la tierra.

«Dejaron un pan en la mesa, mitad quemado, mitad blanco», escribió Gabriela Mistral; y mi familia todavía comenta, entre risas, mi histórico y estrepitoso fracaso cuando intenté hacer pan por primera vez y la masa quedó tan petrificada y convertida en poderosa arma ofensiva que grité batiendo la puerta de la cocina: «Soy como el Partido Comunista venezolano: ¡no se me dan las masas!».

El poeta latino Juvenal, al referirse a la práctica populista de afirmar el poder político del César ofreciendo deslumbrantes espectáculos y regalando trigo a los empobrecidos ciudadanos romanos, acuñó la frase: «Panem et circenses», muy en uso, todavía hoy, entre algunos desvergonzados gobernantes del mundo.

Pero más allá de la liturgia católica, de las andanzas de Jasón o el destino político de César Augusto Sandino constaté el carácter sagrado del pan cuando, en una burocrática, agobiante e interminable sesión de trabajo con ateneístas y funcionarios de la cultura, la aburrida presidenta del encuentro se acercó a la hora del almuerzo a la mesa en la que ya estaba sentado para invitarme a compartir el privilegio de la mesa presidencial y me resultaba penoso e indelicado rechazar su invitación. Estaba a punto de levantarme y dejar el grupo de amigos cuando Josefina Urdaneta, la reconocida educadora, intervino y dijo con voz serena: «¡Él no puede levantarse!». La presidenta, seca y autoritaria, visiblemente contrariada, preguntó por qué, y la gloriosa respuesta de Josefina Urdaneta aún resuena en mis oídos: «¡Porque él ya partió el pan!».

 

 

Rodolfo Izaguirre
Crítico de cine y escritor
izaguirreblanco@gmail.com 

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