Gabriel Albiac: El «caso Dibrani»

23 de octubre de 2013

caso Dibrani Portada



Una nadería basta para resquebrajar los sueños. Francia posee la legislación más avanzada en la tutela de familias nómadas –en la jerga legal, gens du voyage–. Y una venerable tradición de asilo. Súbitamente, sucede lo trivial. Y todo salta por los aires. Lo trivial: el «caso Dibrani».
 
En relación fría de datos:
–Reshat Dibrani entra en Francia, desde Italia, en enero de 2009, con mujer y siete hijos. Pide acogerse a la condición de refugiado; argumenta haber sido víctima del racismo de Berlusconi en tanto que gitano kosovar. Instalada la familia en una vivienda de acogida, Dibrani, 45 años, reclama recibir una pensión que garantice la supervivencia familiar. Se inhibe de cualquier propuesta trabajo.
Reshat Dibrani
 
–Los controles sociales constatan la vandalización de la vivienda asignada y la no escolarización de su prole: sólo una hija de 15 años, Leonarda, asiste, de modo muy irregular, a clase.
 
–Esposa e hijas de Dibrani presentan una denuncia por violencia contra él. La retiran de inmediato. El personaje se mueve en un turbio territorio de trapicheo.
 
–Ante la televisión, Reshat revela que la documentación aportada al procedimiento es falsa: le costó 50 euros en el mercado negro.
 
La decisión de la justicia francesa de denegar la solicitud de asilo de Dibrani era inevitable sobre tal cúmulo de datos. Su expulsión se dicta en junio. Y se ejecuta a inicio de octubre.
 
Hasta ahí todo es trivial. Un caso más de picaresca a costa de la beneficencia pública. Lo de todos los días.
  caso Dibrani 1
Entonces se produce el primer error. En la fecha fijada para el traslado a su país de origen, Leonarda no aparece: está en una actividad escolar. Es conducida desde allí al aeropuerto, en donde el resto de la familia aguarda. La foto de los gendarmes en un colegio choca a la conciencia ciudadana. Empiezan las manifestaciones escolares. Desde Kosovo, Reshat –que amenazó primero con matar a su familia si le sacaban de Francia– anuncia su retorno clandestino.
 
Y llega el segundo error. Político. Hollande, intimidado por la oleada humanitaria, concede que Leonarda Dibrani pueda retornar a Francia, pero no así su delictiva familia. Desencadena, con ello, dos paradojas. Humanitaria, la primera: separar a una menor de sus padres. Constitucional, la segunda: el Presidente de la República no está legitimado para anular a voluntad una sentencia judicial firme; se llama división de poderes.
 
Y el «caso Dibrani» se trueca en síntoma: el de una Europa sin legislación de fronteras unitaria. La UE es una isla de prosperidad –aun relativa–, rodeada por un océano de miseria: África, Balcanes… Desgarrada entre el sentimiento humanitario de piedad y la material constricción de sus limitaciones. En ausencia de ley, es la vía al desastre.


Gabriel Albiac
Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

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