Gabriel Albiac: Arte de comprar votos

22 de noviembre de 2019

Andalucia PSOE



E
l milagro fue que la inercia se rompiera. Y que, hace un año, el régimen que González y Guerra blindaron en torno a su PSOE andaluz periclitara. Parecía estar llamado a ser eterno. El principio sobre el cual se asentaba era sencillo. E infalible. Nadie precia la política por encima de la supervivencia. La libertad del voto exige, como asiento, el sosiego de un estómago satisfecho y una holgura familiar básica. Votar honestamente es un lujo que no todos pueden permitirse.

Allá en la prehistoria -o sea, hace un siglo- el trueque era sencillo: un duro del cacique se traducía en una papeleta del pobre diablo al cual la monedilla sacaba por unos días del desespero. El cacique capitalizaba sus duros en diputados. Y el votante comía. Simple, inequívoco, delictivo. Y tolerado. A partir de 1978, ese trueque resultaba anacrónico. Nadie era tan ingenuo como para creer en la limpieza electoral en zonas deprimidas. Pero había que modernizar el mercadeo. El PSOE hizo en Andalucía un hallazgo llamado a trastrocar el voto. Y a suprimir sus riesgos aleatorios.

Andalucia ERE robo
La clave estaba en sustituir el degradante pago en efectivo por una renta fija y automática. Que fuera abonada por el dinero público, pero que percibiera su beneficiario como el benévolo -y arbitrario- don de un partido. Su ventaja era doble: 1) el sello institucional, que le venía de su condición pública, borraba su original mancha degradante; 2) merced a esa prestación «de Estado», el partido se compraba al votante sin tener que gastarse un solo euro.

La cosa mejoró mucho, una vez que fueron incorporadas las gruesas cifra en que se materializaban las buenas intenciones europeas. Las buenas intenciones acaban siempre por corromperlo todo: es un axioma. Y los inmensos fondos de compensación, que la UE ponía a disposición de los gobiernos del sur para homogeneizar sus zonas deprimidas, mostraron una utilidad inimaginada. Con esa riada de dinero se podía, no sólo pagar los votos comprados en Andalucía, sino además extraer una plusvalía con la cual incrementar exponencialmente la caja del partido. Corromper al votante, ya no sólo era gratis; era beneficioso. Los mediadores, naturalmente, se llevaban su parte. Ya fueran dirigentes sindicales, ya hijas de presidente autónomo…: fortunas asombrosas brotaron de la nada. Fue la única rentabilidad de aquella prolija variedad de subvenciones. Y así se pudrió Andalucía. No será fácil que un día llegue a recuperarse.

PSOE Andalucia ERE
Del PER a los ERE, la máquina del nuevo caciquismo funcionaba, en tanto, como un reloj suizo. Garantizaba, por supuesto, la perpetuidad del régimen andaluz. Aseguraba también una tasa de voto-escaño que hacía casi imposible no ganar las elecciones generales. Y trasladaba al Gobierno de la nación la vergüenza de los gobiernos de Sevilla: la de una corrupción cuyas cifras no admiten comparación con ningunas otras; ni siquiera con las de la banda de Pujol en Cataluña. Cuando González, hace cuatro décadas, hablaba de un proyecto socialista de cincuenta años para España, no estaba fantaseando. Hablaba de la bolsa de voto comprado en Andalucía. Salió a medias.

Lo deprimente es que, de esa pasividad ante el saqueo, al ciudadano español lo despierta sólo el pavor: Que el PSOE robase masivamente no redujo nunca unas cuotas de voto que hicieron agua nada más que ante la inminencia de la ruina. Pero, salvados bache y susto, los votantes retornaban al compadreo con los mismos simpáticos ladrones. Algo en nuestras cabezas anda muy, muy enfermo.

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Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



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