Merkel

22 de julio de 2012

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Despunta ya una nueva germanofobia de diseño, cuyo ingrediente básico es presentar a Merkel como un avatar de Hitler

Me preguntaba cuándo acabarían por vendernos una Merkel nazi. La idea es demasiado tentadora, y parecía increíble que a nadie se le hubiera ocurrido en un país donde las dirigentes políticas de la derecha son especialmente odiosas para la progresía. No niego que las de la izquierda sean a su vez pasto de un machismo de signo opuesto, poco encubierto, que rara vez roza la satanización ideológica y abusa, en cambio, de la caricatura sexual , lo que en España se hacía ya con la Pasionaria, a quien no había necesidad de pintar como una estalinista porque lo era con ostentación, así que la ponían de ninfómana perdida. La izquierda no se permite esta clase de infamaciones (al menos, en público), mostrando en cambio claras preferencias por la caracterización general del adversario como fascista y acentuándola en el caso de que los adversarios sean adversarias.

Para los buscadores de estereotipos resulta fascinante sorprender alguno de éstos en su fase de gestación. Un buen ejemplo de ello se encuentra en un artículo de la escritora catalana Monika Zgustova publicado por «El País» del pasado jueves, Un cuento de hadas alemán, título estupendo, aunque sospecho que a la mayoría de los lectores se les habrá escapado su sentido. Los españoles tienden a identificar la mentira dolosa con los cuentos chinos, no con los cuentos maravillosos de los hermanos Grimm. El chiste podría ser bueno en otras latitudes; aquí, no funciona.

Zgustova afirma que Merkel miente a sus conciudadanos para atizar el nacionalismo de una Alemania «derrotada en dos guerras mundiales, causante de decenas de millones de muertos» que «no ha podido enorgullecerse de sí misma desde hace un siglo». El paralelismo implícito que propone de la canciller con Hitler es fácilmente adivinable (el solo uso de la palabra «canciller» para referirse a Merkel en este contexto dista de ser inocente). Pero, por si no fuera suficiente, afirma que Merkel aprendió el arte de la mentira política del régimen comunista bajo el que vivió en la RDA durante buena parte de su vida. La mentira de Merkel consistiría en «demonizar pueblos enteros, al griego y al español, y en menor medida al italiano y al francés» como hedonistas y perezosos, una práctica, según Zgustova, «tristemente conocida en el pasado» (nueva alusión trasparente al nazismo). A ellos opondría Merkel, siempre según Zgustova, la disciplina, el trabajo y el rigor de los alemanes. Pero la perla del artículo es la explicación de tales preferencias por el hecho de ser Merkel hija de un pastor protestante y creyente en el principio, propio «del cristianismo noreuropeo», de que el sufrimiento regenera, una hipótesis, dice Zgustova, que «en economía resulta tajantemente errónea, como lo demostró en su día Keynes».

Aun dejando a un lado la estúpida manía de relacionar el cristianismo luterano con el nazismo -moda progre difundida por la reciente película La cinta blanca y otros engendros-, parece grotesca -amén de pedante- la referencia a Keynes. ¿No hemos tenido ya Keynes de sobra en los últimos cinco años, gracias a la demencial política de gasto público de Rodríguez Zapatero y sus Egerias (léase Sebastián y Salgado)? «La canciller -escribe Zgustova- se indigna al ver naciones que prefieren vivir, divertirse y gastar antes que ahorrar». Una indignación perfectamente comprensible que, estoy seguro, compartiría el mismísimo Keynes si se levantara de la tumba. Como no era imbécil, al contrario que sus exégetas actuales, recomendaría un poco más de austeridad luterana y un poco menos de hedonismo mediterráneo en estos días que no son los suyos, a pesar de lo que opine sobre el particular alguna escritora catalana.

 

 

Jon Juaristi
Poeta, novelista, ensayista y periodista
Columnista del ABC de España

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