La eternidad encadenada

22 de julio de 2012

moisésportada

Golda Meir fue primera ministra de Israel entre 1969 y 1974. Al referirse una vez al cautiverio del pueblo hebreo en Egipto y a la circunstancia de que Moisés lo condujera a la Tierra Prometida después de un largo periplo a través del desierto, dijo con triste reproche: «¡Y nos trajo aquí, justo donde no hay petróleo!». Moisés no llegó a ver la tierra prometida por Jehová, pero Miguel Ángel Buonarroti inmortalizó su figura patriarcal en una de las esculturas más célebres del Cinquecento italiano al punto que el mundo entero ha desfilado frente a ella, en Roma, en la iglesia menor de San Pietro in Vincoli llamada así porque bajo el baldaquino del altar principal se guardan las cadenas (vincoli) que ataron a San Pedro en prisión.

El Moisés, en mármol blanco de Carrara, más que colosal, ¡es imponente! Está sentado allí desde 1515 reprimiendo la ira que le causa la idolatría de los suyos por el Becerro de Oro. Mantiene intacta la fortaleza de sus músculos, las piernas enormes y pesadas y la amenazadora sensación de estar a punto de levantarse para iniciar el castigo. ¡Alguien dijo que si llegara a hacerlo el mundo se haría pedazos! Lo que explica esa titánica fuerza interior es justamente el hecho de estar «in víncoli», es decir, encadenada: una energía reprimida.

Pero la sorda potencia descomunal que sentimos removerse dentro de él puede advertirse, sin embargo, en el movimiento en reposo; en los pesados pliegues del ropaje; en la feroz serenidad de su cuerpo. La marca que se advierte en la rodilla derecha es el golpe de martillo que le asestó el escultor, atrapado él mismo por la ciclónica inmovilidad del Moisés, cuando le ordenó a la escultura que hablase.

Inesperadamente, el Moisés se hizo presente a mi lado cuando al terminar la conferencia que di en Mérida en el Teatro César Rengifo de la Universidad de los Andes titulada ¡Cómo Hablamos en el Cine que Hacemos!, Miguel Szinetár, profesor de esa universidad y escritor de prosa cristalina, se me acercó y dijo con la misma sencillez que tienen los dolorosos relatos de su libro Expediente familiar, ediciones Actual (2012), que recordaba el momento en el que lo llevé a ver el Moisés de Miguel Ángel en 1964 y guardaba la fecha y el instante como su mayor fortuna porque fue cuando constató que dentro de aquella presencia marmórea se encontraba la eternidad; comprendió que el verdadero prodigio del escultor fue haberla sujetado con cadenas sagradas e indestructibles (como las que mantuvieron atado a San Pedro) para que Moisés refrenara su cólera, aumentara su vastedad patriarcal más allá de todo tiempo conocido e iluminara la memoria de Miguel Szinetár, medio siglo más tarde, con sólo verme después de mi conferencia ante una audiencia esclarecida.

Pero Szinetár fue aun más lejos e hizo que desde allí, desde el Teatro César Rengifo, lo condujera otra vez a la Via Nomentana; para entrar en la Basílica de Sant’Agnese, caminar hasta la puerta del fondo y descender a las Catacumbas que conservan intactas las osamentas de los monjes que vivieron en los siglos II y III y comentar que el que vigilaba a los visitantes parecía estar esperando con impaciencia el momento en que sus propios huesos se sumaran a los otros como fascinante adorno funerario.

Miguel Szinetár

Me maravilló el hecho de haber compartido con un ser sensible como Miguel Szinetár la portentosa experiencia de escuchar a la eternidad removerse encadenada dentro de la propia gloria del Moisés y contemplar atónitos en las Catacumbas la transfiguración de la inmortalidad en el tétrico espectáculo de los huesos remotos y sin memoria de unos monjes perdidos para siempre en las tenebrosas ciénagas del tiempo.

 

 

Rodolfo Izaguirre
Escritor y Crítico de Cine
izaguirreblanco@gmail.com 

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