Lotería… Tema que trata hoy Gabriel Albiac

21 de diciembre de 2013

Lotería Portada



Colas de la lotería. «Los hombres, no habiendo podido curar la muerte, la miseria, la ignorancia, han decidido, para ser felices, no pensar en ellas». Eso es el juego. Según su más grande teórico: un teólogo que, en el siglo XVII, vivía en la tortura de saber que las dos opciones a las cuales un hombre se halla abocado –ser Dios o ser nada– abocan a lo imposible.

Lotería colas
El juego desencadena el regulado estado de dulce delirio en el impacto del cual el tiempo se diluye y la presencia de la muerte –el tiempo es eso– se trueca en fantasía artesanable.
 
Que el juego se despliegue en el venerable tablero de ajedrez, sobre el cual vertieron sus terrores pintores medievales y renacentistas, o sobre ese peculiar artificio exquisito que es –escribe el matemático Pascal al aún más grande matemático Fermat– el de la geometría; que el juego tome las dimensiones grandiosas y letales de la guerra o el angosto espacio, igual de exterminador, de la alcoba en la cual se despliega la danza corpórea a la cual dan los humanos teológico nombre de amor; que transcurra en el plebeyo juego de dados que Maquiavelo describe en su correspondencia como indigno pasatiempo de su exilio aldeano, o en las largas partidas a lo largo de las cuales el jugador de Dostoyevski persigue la trascendente misión de aniquilarse, o en aquella que el Clappique de Malraux prolonga, en su –tan pascaliana– Condición humana, para desencadenar la aniquilación de los otros y consumar su propio envilecimiento; que sea en el cubo de la basura al cual, en cada Navidad, el ciudadano tira sus pocos euros para poder fantasear unas semanas con ese premio gordo de un sorteo que sabe, en lo más hondo, no lo salvará nunca…, los hombres juegan. No podrían no hacerlo. La vida les sería insoportable. Más aún de lo que está ya siéndolo. Y es un misterio esencial del alma humana cómo cuanto más hondas son las estrecheces, más grande el despilfarro en lo imposible, en aquello en lo cual la relación de inversión y beneficio es más desfavorable: la apuesta.
 
Lotería 2¿Qué es el juego? El combate contra el tiempo. Yo, que jamás he sido tentado por los juegos de azar, viajé, hace unos años, a Las Vegas. Que es templo universal de la mundana religión de estos míseros animales conscientes de que el tiempo hace que su ser sea un perpetuo no ser, una caída que no lleva a la muerte, que es la muerte en cada instante. El juego, para borrar la horrible percepción de eso, debe parar los relojes. Eso es Las Vegas. El lugar donde el tiempo no transcurre. En medio del desierto, la red de hoteles y casinos se despliega en subterráneos pasadizos sin ventana al exterior. El jugador se mueve así en una máquina sin pasado ni presente: no hay día, no hay noche. En el refinamiento final, algún casino posee un sistema de luces que hace que día y noche se sucedan cada cuarto de hora. La irrealidad temporal abole la tragedia. Aun la del perdedor. Que se sabe engranaje. Intemporal. Engranaje en una combinatoria de reglas. Matemática. No hay ni muerte ni tiempo en la matemática. Todo eso queda del otro lado de los muros. Allá donde alguna vez hubo la luz. Eso que el jugador sabe ahora imposible.
 
La lotería de Navidad es nuestro Las Vegas a escala doméstica. Días, semanas, meses de posponer la desdicha, el miedo… De alzar esa virtud teologal que es la esperanza en un territorio tan ajeno a teología como lo es el del dinero y la pobreza. El juego es la religión de suplencia accesible a todos. Nuestra peculiar teología «al alcance de los caniches».



Gabriel AlbiacGabriel Albiac

Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

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