Gabriel Albiac: Siria, feo espectáculo

21 de septiembre de 2013

Siria horror



La guerra es arte de ficción, dice Sun-Zi. Es, por tanto, espectáculo también. A cuyo despliegue la clientela reacciona conforme a lo que su deseo dicta; entusiastas –a favor o en contra, lo cual no es siempre tan distinto– o apáticos: Irak en 2003, Siria en 2013.

Viaje al fin de la nocheEntusiasmo o apatía nada dicen de una guerra. Pero hablan a grandes voces de su público. Un Louis-Ferdinand Céline todavía anarquizante –luego sería otras cosas mucho más desagradables– abre su «Viaje al fin de la noche», que es una de las novelas indispensables del siglo XX, con la imagen de ese alucinado brío de quienes van a pasar de una placidez de sobremesa dominical a la carnicería sin precedente en las trincheras de 1914. Bardamu, su protagonista, desbarra simpáticamente con un amigo ante la mesa de un café en Clichy. Nihilismo de andar por casa: el mundo es un monótono asco, convienen ambos amigos, no cambiamos jamás ni de calcetines, ni de amos, ni de opiniones.

¿Y qué pasa con las chicas? –«¡Ah, el amor…! ¡El infinito al alcance de los caniches!». El camarero no está contento: las propinas de Bardamu no son lo que se dice espléndidas. Una charanga militar pasa. Filas de civiles se van uniendo a ella. Bardamu, por supuesto, los trata, distante, de gilipollas.
Y, al cabo de un silencio meditativo, se pone en pie, entra en la formación: «Bueno, pues voy a ver si tengo yo razón en lo que te decía». El desfile sale de la ciudad, llega al cuartel. A Bardamu se le ponen todos los pelos de punta. Aquello ya no parece divertido. Intenta dar la vuelta. «¡Demasiado tarde! Se cerraron las puertas tras nosotros, los civiles. Pillados. Como ratas».

Hitler 88No todas las guerras han exhibido ante su clientela igual arranque de épica instantánea. La segunda mundial, por ejemplo, fue un compendio de emotivas vacilaciones, a las cuales más de uno podría sin exceso llamar cobardías: con Múnich como epítome. Gracias a eso, la Alemania nazi pudo apoderarse del continente europeo en una semana. Juzgar si fue más trágico lo primero que lo segundo es un ejercicio triste de onanismo. Las respuestas sentimentales a las guerras son catastróficas siempre. A favor igual que en contra.

Hace diez años, la segunda guerra de Irak fue el último espectáculo bélico con arrastre de masas. Por el momento. De ésta de ahora en Siria, nadie quiere dar signo de enterarse. ¿Qué ha pasado? Unas cuantas cosas. Ninguna de ellas sola basta para dar razón completa.

Indiferente1) Eran ricos los espectadores europeos de la guerra de 2003. O lo creían: lo cual, a efectos de comportamiento, es lo mismo. Es bueno emocionarse con el estómago lleno. Al pauperizado europeo de 2013 le emociona bastante más saber si va a llegar a fin de mes.

2) Había entonces –o en eso se creía– buenos y malos. Aunque buenos y malos no coincidiesen según el periódico o canal de televisión que los catalogase. Ahora, hasta el menos versado en estas cosas sabe que en la guerra de Siria sólo hay malísimos: sin matices.

3) Democracia y dictadura se oponían aún, en 2003, en la sintaxis fijada por la Guerra Fría. No hay democracia ahora que se oponga a dictadura. Lo que se juega en todo el Oriente Próximo es si serán los chiíes o los suníes los que dirijan el linchamiento de no creyentes y mujeres sin velo.

Siria muerte 47
El más reciente informe militar británico sobre los «rebeldes» sirios cifra en más de un 30 % el componente yihadista –hegemonizado por Al Qaida– de sus milicias. Que Al Assad es un asesino, no hace falta ni repetirlo. No nos gusta el espectáculo. Nos vamos.


Gabriel Albiac 2


Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



 

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