Gabriel Albiac titula: Separatismo

21 de febrero de 2020

Islam separatismo




El número de las metáforas básicas es reducido: Borges habla de apenas un puñado. Y ese puñado debe ser de continuo desplazado en sus connotaciones. Un mismo término pasa, en el curso del tiempo, a vehicular imágenes diferentes. De evidente ligadura entre sí algunas; otras, en apariencia, por completo ajenas.

Macron en Mulhouse
Cualquiera que leyese el discurso de Emmanuel Macron, en Mulhouse, tendría derecho a sentirse desconcertado. Sobre todo, si a ese cualquiera le interesasen los aspectos formales y retóricos de un texto. Ésos en los que, al fin, está lo más grave -y menos visible- de un discurso político.

El desconcierto vendría de la emergencia de un término para ocupar la función de otro cuya resonancia ha acabado por ser peligrosa. Al hasta ahora «islamismo», que cumplía la función de designar los núcleos que, en Francia, cuestionan la legitimidad de la República y blindan en la yihad comunitaria sus barrios como pequeñas fortalezas de derecho divino, Macron opuso el neologismo «separatismo». A sus oyentes franceses, el término suena raro, es todo. A un lector español, lo desconcertará. Por fuerza: separatismo aquí es, se dirá, una dinámica política, no religiosa, un jaque mate a la Constitución y a la nación en su conjunto. Nada parecen jugar en esto los textos sagrados.

Si uno rebusca en la historia de la lengua francesa, ese «séparatisme» al que se remite Macron es de aparición reciente. La voz la registra, por primera vez, la 8ª edición del Diccionario de la Academia en el año 1932, como «tendencia de una parte de un pueblo, de un Estado a la separación». ¿Qué lleva al presidente francés a metaforizar en él el desbarajuste que ha cristalizado en las periferias urbanas? La realidad de que, en esos territorios, la ley y el Estado no controlan ya el territorio. Y que, de no corregirse esa «separación», el viejo concepto de nación, surgido de la revolución de 1789, habría caducado. Y, con él, la democracia política que es su prolongación.

En el discurso de Mulhouse, Macron se planteaba el origen de esa tendencial «pérdida» de la nación unida bajo la homogeneidad de Estado y leyes. Señalaba dos factores que pasarán a ser, de inmediato, corregidos.

Francia islam

a) El primero es la existencia mayoritaria, en las mezquitas francesas, de imanes «destacados» en Francia por países extranjeros, que los financian y ante los cuales sólo rinden cuentas de su tarea: 301 en total, designados por Turquía, Argelia y Marruecos. Eso, analizaba el presidente, ha creado una especie de «islam consular», a través del cual países perfectamente no democráticos poseen control pleno sobre la formación anímica de un importante colectivo de ciudadanos franceses especialmente vulnerables.

b) La financiación, con cargo al Estado francés, de un aprendizaje de las «lenguas y culturas de origen», que enquista en un mundo a parte al alumnado musulmán de las primeras enseñanzas y blinda su distinción impermeable dentro de la sociedad francesa.

No va a ser una tarea fácil, desde luego. Llega con más de medio siglo de retraso. Y las redes de poder -con frecuencia entrelazadas con las delictivas-, que se han consolidad en ese tiempo en los barrios, no cederán porque sí sus privilegios. Pero no hay alternativa frente a eso que ahora llama Emmanuel Macron «separatismo». Y que es sólo metáfora de un viejo axioma: que, allá donde hay Estados dentro de un Estado, no hay Estado. Con palabras suyas: «No se puede tener leyes turcas sobre el territorio de Francia». Ni en el de Europa.

gabriel-albiac-2017-creditosGacriel Albiac, catedrático de Filosofía de la Complutense. Ha obtenido los premios González Ruano, Samuel Toledano y Nacional de Ensayo. Su último libro es «Blues de invierno»




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