Gabriel Albiac: La Secta

20 de diciembre de 2019

josé luis garci El Crack




¿Hubo algo memorable en la producción cultural española de este 2019 que se extingue ahora en la autosatisfecha nadería? Sí: hubo una gran película. Lo cual a algunos podrá parecerles no demasiada cosa. Pero es que, para estos amables psicópatas que somos los cinéfilos, no hay placer humano que esté por encima del sueño que artesana el cine. Pero es que, para estos amables psicópatas que somos los discípulos de Epicuro, ningún avatar humano está por encima del placer que pone en juego el despliegue de una inteligencia libre.

Una película. Estrenada en otoño. Sin vínculo ninguno con la melaza sentimental, de cuyas mentirosas buenas intenciones se nutre el cine español subvencionado. La rodó José Luis Garci. En impecable blanco y negro. Hay que echarle una inmensa osadía a tal envite. Vivimos hoy en el olvido del gran cine: de aquel cine en blanco y negro, que apenas ya si nos es dado rastrear en el apolillado encierro académico de las filmotecas. Y que es inaccesible para esos ojos, abotargados por la domesticidad televisiva y el moralismo más nauseabundamente infantiloide, que son hoy, de modo casi unánime, los pasivos ojos de los espectadores.

José Luis Garci con cámara
El Crack 0 ha sido una película inesperada. Y magistral: en dirección, guión, intérpretes, fotografía… Nada tiene, pues, de extraño que haya sido olvidada por la secta de los Goya, ese club de apoyos mutuos para el mejor medrar de sus afiliados al confortable abrigo de los fondos públicos. Si el cine español ha naufragado en el grado cero de inteligencia que hoy nos insulta en las pantallas -y que nuestros impuestos en muy buena parte financian- es merced, más que nada, a esa brutalidad autodefensiva en la que vive enclaustrado. Y que cabe en una consigna sencilla e inviolable: todo, para los que exhiben fidelidad a la banda; para aquel que pretenda hacer vida y obra propias, ni agua. En el cine español -y no sólo en el cine-, quien no jure fidelidad a la secta es borrado. No hay siervo que perdone a un hombre libre. Menos aún, si encima es brillante. Podría llamarse a eso omertà. Pero quedaría feo.

Garci, que fue el primer Oscar de Hollywood a una película en lengua española, lo tenía todo a su favor para haber sido figura institucional.

josé luis garci Oscar
Intocable. Pero se empeñó en pensar por su cuenta. Mala cosa. Y en contar en sus películas lo que le viniera en gana y como más exacto y elegante lo juzgase. La secta lo condenó a la muerte. O al silencio, que para un artista es bastante peor que la muerte. Y todos aquellos que jamás habían movido un dedo para combatir en vida al dictador difunto, se hermanaron para juzgar insuficientemente progre al Garci que sí supo ser antifranquista en aquellos años difíciles, en los que tantos de ellos vivieron de las sinecuras del franquismo, como luego habrían de vivir de las sinecuras socialistas. En un mundillo incurablemente venal, Garci era un tipo honesto: lo que jamás perdonan ni corruptos ni sinvergüenzas. Él -y, con él, todo cuanto con él hubiera tenido contacto- fue borrado del libro de la corrección que a sí misma se proclamaba «progresista», esta sórdida variedad totalitaria en la cual vegeta -y agoniza- la peor cultura española.

Siguió rodando. En silencio. Pocas películas hay de mayor perfección plástica que aquel Tiovivo de 2004. Ninguna se acerca, ni remotamente, a la rigurosa declaración de amor al cinematógrafo que es El Crack 0. Pero eso en nada afecta a la venal secta. Los Goya olvidan a José Luis Garci este año. Y es ése su mejor premio.

gabriel-albiac-2017-creditos
Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



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