Gabriel Albiac: Conversaciones

20 de mayo de 2019

Albiac el otro yo




M
i otro yo me acecha al otro lado de la pantalla del ordenador mientras escribo. Me es, la verdad, bastante ajeno. Pero es que, como Pascal enseña, «no hay hombre más ajeno a otro hombre de lo que uno lo es a sí mismo en el curso del tiempo». Y no hace falta, desde luego, que ese tiempo sea largo. Mi otro yo tiene, en esta madrugada, una sonrisita de pitorreo manifiestamente insultante.

Me acaba de preguntar, con fingidísimo aire de inocencia: «A ver, ¿y tú por qué demonios escribes de política?». El otro yo es escueto y asesino: es el yo matemático que un día quise ser y que no fui. Envidio su grado cero de retórica. Y su mala uva. Que por qué escribo de política, pregunta el muy canalla. Me escabullo como buenamente puedo. Y echo mano de mis malas artes, que es lo que uno tiene siempre más a mano para eludirse a sí mismo. «Bueno, ya sabes cómo funciona esto, escribo sobre política como el oncólogo escribe sobre el cáncer». No cuela: se me queda mirando con un aire compasivo de lo más humillante. «No me vengas con monsergas». El otro, como todos los otros que uno ha sido, sabe demasiadas cosas. Mejoremos la fórmula. «Hablo de política» -rectifico cortésmente- «con el odio -puede que lúcido, pero odio- con el que habla del cáncer un canceroso». Mucho mejor así, me digo satisfecho. Soy hijo de una generación enferma de esa cosa. Enferma e incurable. Pero es de la más elemental cortesía saber, al menos, ser un enfermo terminal discreto. Y silencioso.

Pero el otro, en esta mañana de mayo madrileño, de discreto y silencioso no parece tener nada. Escarba en la herida. «A ver, ¿se puede saber por qué tú no votas nunca?». La navaja matemática, de nuevo. ¡Bendito Guillermo de Ockham! «No sé qué decirte, mira. Es que me daría un mal rollo horrible lo de tener algo en común con esa gente». «Te dará el mal rollo que te dé la gana, pero igual esa gente va a quedarse con tus impuestos». «Eso sí que va a misa, oye». «Pues, si a lo de quedarse con tu pasta tú no lo llamas tener algo en común…». «Sí. Los dos sabemos que es ése un principio universal de los políticos: lo suyo es suyo y lo mío es suyo.
Estado y dineros públicos
Más en común que eso, imposible hallar nada». «Pues mira, por lo menos, podrías ponerte a echar cuentas con una calculadora y hacerte una cifra aproximada de cuál viene para robarte más. Luego, vas y votas contra ése». «Muy atinado. Pero no es fácil hacer semejante cálculo, querido. Todos roban en diversas medidas. Lo sabes como yo: sin impuestos no hay Estado, sin Estado no hay ellos. Ni siquiera su sacrosanta corrupción bastaría para cubrir todos sus gastos. Y, ¿qué quieres?, no les veo yo la menor intención de suicidarse. Además, ya sabes, yo soy un hombre de letras: eso de calcular cifras se me da fatal».

Y un básico pudor tribal me protege de citarle al otro yo el teorema del ilustre candidato Gabilondo: «Somos ricos. Claro que hay que subir los impuestos». Mi otro yo se carcajea detrás del ordenador. Y yo, de pronto, me siento francamente incómodo.

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Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid




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