Mariela Castro en el país de los «gusanos»

20 de mayo de 2012

Marielacastroportada

…acaso la dinastía esté pensando en renovarse, y a su reciente acercamiento a la Fe católica, deseen sumar la representatividad de la contracultura contestataria. Las ventanas de palacio saben abrirse a tiempo para dejar entrar las fragancias matinales.

El autor de este artículo es Martín Guevara, que aunque argentino se crió en Cuba, donde su familia se refugió huyendo de la dictadura (1976-1983). Desilusionado por el castrismo, que dejó un país arrasado, hoy vive en España. Tiene su propio blog y está escribiendo un libro sobre la situación en la isla y sobre su célebre tío, Ernesto «Che» Guevara

 

Casi todos los que estaban en las inmediaciones hacían cola para tomarse un helado en Coppelia. Enormes filas humanas. Las bocas de despacho donde se veía poca gente de pie eran de venta en dólares y ahí sólo se atendía a extranjeros.

– ¡Párense ahí! -gritó uno de los policías mientras descendía raudo del patrullero por el lado del acompañante. Mientras el otro apagaba el motor y salía para cortarles el avance a los dos muchachos, llegó un miliciano algo sofocado por el paso aligerado señalando a los chicos-. Sí, esos mismos son, esos dos pájaros.

Mientras el miliciano decía esto se iba formando un grupo de curiosos, los últimos de la cola, que dada la distancia tan abrumadora que los separaba de la dependienta que despachaba los helados, no se hacían demasiado problema en abandonar el puesto.

– ¿Qué hacían detrás de esos arbustos, ustedes son gansos? -les inquirió quien había bajado primero, más a modo de acusación que de pregunta ya que ni siquiera les permitió responder- Vamos, monten en el carro, vamos a la Unidad.

Uno de los jóvenes obedeció presto la orden y sin chistar entró al patrullero, el otro comenzó a pedir explicaciones en voz alta de por qué los detenían. El policía le espetó que se lo llevaban por desviados y sin mediar otra explicación le aplicó una sonora bofetada en el rostro, le torció el brazo y lo empujó con la ayuda de la rodilla al lado de su amigo.

Nadie de los que miraba dijo nada.

Cada tarde cuando caía el sol, se podía ver una escena similar en Coppelia, algunos estaban dispuestos a purgar flagelándose con el inclemente suplicio de esperar horas por sus bolas de helados; otros como los ácratas, rockeros, friquis y afeminados que utilizaban la manzana de la heladería para darse cita, terminaban purgando en los calabozos de las comisarías.

Unos años antes, entre 1965 y 1968, siguiendo una política del Gobierno, se enviaba a los homosexuales a campos de trabajo, bajo el precepto de que el rigor los haría hombres, los callos y las vicisitudes del trabajo los endurecerían y entrarían en cintura, en al menos uno de los pilares fundamentales de cualquier hombre como es debido, en su vertiente de guapo o revolucionario: ser viril; la otra era ser temerario, de esa se podría dar fe más tarde, en África.

En mi edificio en el barrio de El Vedado, un vecino ex oficial del MININT, se jactaba de haber dirigido uno de esos destacamentos de sarazas, según sus palabras animadas por el ron de las tardes sabatinas y el habitual coro de obsecuentes aduladores, él los ponía al sereno durante toda la noche, atados a un árbol morada de las pequeñas hormigas rojas, para sacudirles el amaneramiento.

Había muchos poetas -decía- como Guillén y Lorca. La identificación de la orientación de género con las convicciones ideológicas o morales formaba un tándem, que no difería demasiado del de la Iglesia católica. Para ellos no cabía esperar virtud revolucionaria de quien abandonaba de manera tan pueril su masculinidad tras el apetito de su imprecisa naturaleza, y esa fascinación propia de las sociedades y las instituciones homofóbicas hacia las significantes de la sodomización, que se ponía de relieve con una reacción siempre virulenta al fenómeno cuando se muestra explícito y la consiguiente obsesión por mantenerse distante de cualquier confusión, llevaron a las autoridades culturales, como consecuencia de sus propias parafilias a practicar una férrea censura incluso a artistas de la talla universal de Lezama Lima.

El hombre de mi edificio hablaba nada menos que de los tristemente celebres campos de la UMAP donde llevaron a más de 25000 jóvenes. La idea fue de las FAR, organismo militar que dirigía entonces y hasta su investidura como presidente de Cuba el general Raúl Castro, quien expresó estas palabras acerca de la utilidad de la UMAP: «Primer grupo de compañeros que han ido a formar parte de las UMAP se incluyeron algunos jóvenes que no habían tenido la mejor conducta ante la vida, jóvenes que por la mala formación e influencia del medio habían tomado una senda equivocada ante la sociedad y han sido incorporados con el fin de ayudarlos para que puedan encontrar un camino acertado que les permita incorporarse a la sociedad plenamente». Entre esos jóvenes la mayoría eran desertores del ejército por una limitación religiosa, o no aptos para las FAR por afeminados y curiosamente hoy del linaje de aquellos mismos homofóbicos, emerge la posición representante y defensora de los derechos del movimiento de gays, lesbianas y transexuales cubanos, como colofón a una obra bufa con el más macabro y maquiavélico de los humores posibles.

Sin hacer el más mínimo mea culpa, sin haber condenado ni enérgica ni tibiamente la crueldad de las políticas segregacionistas de sus antecesores, a la sazón, su propio padre, sin solicitar responsabilidad alguna, Mariela Castro se eleva como la voz de los excluidos y represaliados por su elección del objeto sexual.

Mariela planea presentarse en una conferencia en San Francisco, ciudad de luchas por los derechos de la autogestión de la identidad sexual, y no cabría reparar en el parentesco de la invitada con los autores de tantas políticas represivas, si hubiese hecho un esfuerzo por desligarse del círculo de poder de sus progenitores. Pero distante de eso, cuando tuvo recientemente la oportunidad de mostrarse solidaria con la bloguera Yoani Sánchez, quien sí es un ejemplo de tesón y perseverancia en la lucha por la libertad, y portadora de un valor fuera de lo usual, la desautorizó públicamente, tratándola con la misma jerga despectiva y autoritaria con la que sus ascendientes en jerarquía y sangre suelen insultar a quienes consideran inferiores o amenazantes.

Hoy que a la hija de Raúl se le extiende un visado para visitar la ciudad de los desviados, de los drogadictos, de los hippies, en el país de los gusanos y de los imperialistas, no sobraría la sugerencia de que se manifestase contraria a toda forma de represión y de discriminación de las personas, por sus creencias, ideas o inclinaciones.

O acaso la dinastía esté pensando en renovarse, y a su reciente acercamiento a la Fe católica, deseen sumar la representatividad de la contracultura contestataria. Las ventanas de palacio saben abrirse a tiempo para dejar entrar las fragancias matinales.

Pero al ex oficial del MININT de mi edificio de El Vedado no hay manera de reciclarlo, ni de devolverles los años y la dignidad a aquellos muchachos sorprendidos en una caricia por un miliciano y dos policías, entre las colas interminables de Coppelia para degustar la fresa y el chocolate de la copa helada en la caída del Sol.

Síguenos:
facebooktwitterrssyoutube


Otros artículos de interés