La befa de la opinión pública

20 de mayo de 2012

Opinión Pública portada

La opinión pública puede ser inducida, agregó, es decir, orientada hacia reacciones que alejen a la gente de lo que de veras le conviene retener, o de aquello que concierne a una colectividad como asunto vital. De allí, continuó ante el deslumbrado alumno, el empeño en la fabricación de matrices capaces de crear situaciones de tranquilidad o neutralidad cuando, en atención a los tirones de la realidad, deberían producirse conductas de incomodidad o disconformidad a las que temen los creadores de las tales matrices porque pueden estorbar su hegemonía.

Autor: Elías Pino Iturrieta
Historiador. Columnista de Opinión del Diario El Universal. Profesor universitario

eliaspinoitu@hotmail.com
@eliaspino

Mientras sucedían los episodios de la cárcel de La Planta, ante los cuales nadie debió permanecer indiferente debido a la inmensidad de su proporción y a que demostraron la olímpica incapacidad de sus administradores, el presidente Chávez envió un tweet a la ministra del Poder Popular para Asuntos Penitenciarios para felicitarla por su admirable desempeño en el cargo. No fue más elogioso con la funcionaria porque lo detuvo un freno de 140 caracteres chocante con sus rutinarias expansiones, o tal vez porque algún disparo de los que sonaban en el penal y aturdían al resto de los venezolanos le aconsejó unos parabienes relativamente escuetos. Pero fue capaz de manifestar su satisfacción por el trabajo de la ministra, como si de veras existiera un solo motivo para ufanarse de sus servicios y como si nadie pudiera enterarse de una manifestación tan insólita y tan desapegada de la realidad.

Un divorcio semejante de los sucesos del entorno, pero también la presunción de la inexistencia de personas con orejas y con uso de razón, se observó antes en las reacciones de altos funcionarios del Estado -jueces del más elevado tribunal, voceros del Ministerio Público, ministros y diputados- ante las declaraciones del magistrado recién retirado de su cargo Eladio Aponte. Coincidieron en la rotunda negación de todas y cada una de sus denuncias, de todas y cada una de sus escandalosas acusaciones, como si ni siquiera una única de ellas pudiera tener fundamento en alguna de sus partes y porque el inesperado cantor había buscado teatro ajeno para afinar la garganta. Y, desde luego, porque el antiguo compañero de viaje y colega de labores se había convertido en emisario del imperialismo. Balbuceos de explicaciones y amagos rudimentarios de defensa que tal vez pudieran ensayarse en el seno de un cenáculo cerrado, donde apenas los escucharan sin sonrojo los íntimos; donde se pudiera esperar la indulgencia de los amigotes, de los iniciados en la pandilla, de los idiotas habituales a quienes no perturba la indigencia de las ideas, pero jamás ante al auditorio masivo de la república.

Minucias elocuentes, pero minucias al fin, si se comparan con la versión ofrecida por los corifeos de la «revolución» sobre la enfermedad del Presidente de la República. Por los corifeos y por el propio paciente, la verdad sea dicha, en caso de que pudiera tener cabida el vocablo «verdad» en el asunto del que ahora se escribe. ¿Cuál es la situación del enfermo, de acuerdo con lo que se nos ha comunicado en media lengua y en imágenes veloces? Si el acometido por el cáncer juega bolas criollas por televisión y se regodea en el Twitter y actúa como Gila y su teléfono -esto último es para lectores viejos, seguramente aficionados a un famoso comediante español- y se las echa de viajero frecuente y acuña Misiones como si fueran centavos monagueros, se divulga un estado de bienestar corporal relativamente comprometido del cual debe esperarse una recuperación en cuestión de días. El enfermo apenas está medio enfermo, o dejó de estar enfermo debido al cuidado de los médicos, o al favor de Dios, y en breve gozará de la plenitud de sus facultades. ¿No es esa la impresión que se trasmite, como si las señales del entorno no dijeran lo contrario y como si fuéramos un enjambre de estúpidos?

Y aquí llegamos al punto de la opinión pública, que es, de acuerdo con lo que me sopló el profesor Marcelino Bisbal, especialista en el asunto, cuando le hablé de este artículo, lo que el pueblo siente y piensa sobre una determinada situación o sobre varias de ellas que conciernen a su vida en un momento determinado. O de las que también pueden depender sus intereses en predicamentos de apremio. Pero el profesor Bisbal me dio una breve clase inmediatamente. La opinión pública puede ser inducida, agregó, es decir, orientada hacia reacciones que alejen a la gente de lo que de veras le conviene retener, o de aquello que concierne a una colectividad como asunto vital. De allí, continuó ante el deslumbrado alumno, el empeño en la fabricación de matrices capaces de crear situaciones de tranquilidad o neutralidad cuando, en atención a los tirones de la realidad, deberían producirse conductas de incomodidad o disconformidad a las que temen los creadores de las tales matrices porque pueden estorbar su hegemonía. Las sociedades modernas se han caracterizado por el respeto de la opinión pública, sin cuyo soporte no se atreven los gobiernos a tomar medidas de trascendencia, especialmente en situaciones críticas, expresó al concluir la lección para marcharse volando a los menesteres por los que se gana el sueldo.

Quise preguntarle si la Venezuela de nuestros días era una sociedad moderna, como esas que refirió y cuyos gobiernos respetan la opinión pública, pero las prisas lo impidieron. También hubiese querido su parecer sobre cómo se pueden generar matrices de opinión con una continuada sarta de mentiras, de imposturas de toda laya y de necedades a granel. Más todavía, me hubiera atrevido a preguntarle si Venezuela es un pueblo de mentecatos que apenas tienen opinión privada en ciertas ocasiones, y casi nunca opinión pública, pero es un hombre cargado de trabajo y no se presta a las tertulias que me apetecen. Tal vez los desocupados lectores disminuyan el peso de mis enigmas, si se sienten concernidos.

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