Gabriel Albiac: Un eclipse de la inteligencia

19 de septiembre de 2019

Inteligencia eclipse



En ausencia de ideas, manda el odio. La política española es territorio de espíritus no demasiado ilustrados. A la política acaba yendo a parar lo peor de cada casa: quídams que de ningún otro modo lograrían ganarse el condumio. Nadie que posea talento estaría dispuesto a malograr su vida en la condición sierva de un apparátchik: epítome de la grisura bien pagada.

Los que tienen más aguante o mejor instinto asesino llegan, con un poco de suerte, un mucho de padrino y un demasiado de codazo en el hígado al colega, hasta el vértice de su partido. En circunstancias óptimas, pueden incluso llegar al Palacio de la Moncloa. «No te lo vas a creer, Mari Pili, pero me han hecho presidente del Gobierno» debiera ser la divisa del triunfador político. Basta hacer una relación de los títulos y saberes de los parlamentarios españoles para echarse a llorar y no parar en siglos. En cuanto a los gobiernos, ¿alguien recuerda las titulaciones académicas de los ministros de aquel onírico Rodríguez Zapatero?

En la Francia revolucionaria de 1789, Condorcet planificaba la configuración de una «aristocracia de la inteligencia» que desplazase a la rancia «aristocracia de la sangre» en el poder del Estado y que borrase, con ello, para siempre el Ancien Régime. Diseñó, con ese fin, una red docente específicamente consagrada a la formación de los altos funcionarios estatales, que codificaría la «comisión Lakanal» en 1794: ése fue el origen de las «grandes escuelas», en las cuales se forjó la élite política durante dos siglos. España es el contraejemplo. Aquí todo político, en diversa medida, apuesta por un analfabeto plebeyismo. Cada vez da más grima pagar sueldo a esa gente.

Las consecuencias son, claro está, letales. La inteligencia cataloga interrogantes, callejones sin salida, busca sus determinaciones, traza líneas de orientación en ese laberinto que es un Estado moderno; y ningún interés tiene en fobias o en filias, ni en ridículas ambiciones de individuos arribistas. La ausencia de inteligencia -y la ausencia de formación técnica y cultural que le va unida- no deja más modo de hacer política que el despliegue estratégico de amores y odios: loco teatro de un universo en cerril enfrentamiento de «amigos y enemigos». Bien entendido que «amigo» es, para un político, aquel que consolida su sueldo y «enemigo» aquel que aspira a quitárselo.

El ejemplo de estos últimos meses es clamoroso. Ningún partido político español -ninguno- posee una estrategia ni un programa diferenciables de los programas y estrategias de los otros. Da risa ver a sus líderes hacer bizantinismo de guardarropía para explicar a la clientela lo novedoso y salvífico de su proyecto. Y la realidad triste es que la nación hubiera ya saltado por los aires de no existir una UE que a) dicta la política económica y b) teme más que a un nublado a la balcanización de los países europeos.

En ausencia de conceptos, el odio ha tomado dimensiones sencillamente locas. Odia el que gobierna a quien aspira a gobernar en lugar suyo. Odia el que perdió el gobierno a aquel que le quitó la silla. Odia a todos el que aún no ha disfrutado de la púrpura… Podría ser cómico el espectáculo de esa gente que sueña sólo con acuchillarse. Podría serlo, si ese deseo no estuviera siendo proyectado sobre la pobre gente, la que nada ganará nunca ni con el gobierno de uno ni con el de los otros. El odio de los necios está siendo transferido a la sociedad española. Es un veneno mortífero, un eclipse total de la inteligencia.

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Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



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