Priebke: Lo siniestro

18 de octubre de 2013

Priebke siniestro



«El conocimiento no brinda mayor poder, ni un poder acrecentado trae consigo un grado superior de conocimiento. Mas hay quien se complace en citar el apéndice del primer libro de la Ética de Spinoza: “Suprimida la ignorancia, se suprime la estúpida admiración, esto es, se les quita el único medio que tienen de argumentar y de preservar su autoridad”. Pero esto no es cierto después de Auschwitz». He séneca en auschwitztomado de su anaquel Séneca en Auschwitz, el libro de Raúl Fernández Vítores que es para mí el más importante texto de filosofía en español del siglo XXI. Lo tengo siempre a mano. Es ejemplo de que todo puede ser dicho con esa pura belleza que es la de la ascesis matemática. Todo. Aun lo más horrible. Pero hoy me ha llevado a él este desasosiego de constatar hasta qué punto lo real se empeña en repetir lo peor que ya sabíamos. Freud llama a esa endemoniada mecánica «lo siniestro».
 
Lo siniestro. En páginas, ayer, de la prensa italiana. Tiene nombre: Erich Priebke. Murió en Roma, hace cinco días. El 23 de marzo de 1944 el oficial de las SS Erich Priebke procedió a la ejecución de 335 civiles en las Fosas Ardeatinas. Sin cargo alguno. Como automática represalia por los 32 soldados alemanes muertos en un ataque guerrillero en via Rasella. Priebke primó en su selección las víctimas judías: 77 en total. Para él era un gesto de filantropía. Un judío, para un oficial nazi, no es del todo un hombre.
 
Es esa la filantropía exterminadora cuyo origen disecciona Fernández Vítores en aquel 14 de julio de 1933 que inicia la «tanatopolítica», la política de la muerte hitleriana: ley «para la prevención de descendencia con enfermedades heriditarias»; o sea, ley de esterilización. Seguirá la que establezca la «muerte de gracia» [Gnadentod] para inválidos físicos o psíquicos. De ahí, se extenderá a todo aquel que amenace la perfección del hombre ario.
 
Priebke siniestro 2Anteayer, en el nombre de un sagrado derecho al eterno reposo, los camaradas anímicos de Priebke alzaron la retórica de la piedad filantrópica para exigir su entierro en suelo italiano. La piedad es virtud privada. Bien está que quienes aman a alguien como Priebke le presten oraciones: porque un monstruo –también Priebke– es un hombre, porque un monstruo –también Priebke– lo es sólo en tanto que hombre. Pero la ceremonia funeral exigió ser pública. Y pretendió dar tierra sagrada –lo es la de un cementerio en Albano Laziale, y no sólo para los católicos, también para cuantos juzgamos aquellas matanzas un acto teológicamente demoníaco– al genocida, en el mismo suelo en que reposan sus víctimas: aquellas a las cuales él quiso trocar en bestias. Y es un salivazo, no en el rostro sólo de los asesinados. En el rostro de cada cual que aún hoy se sepa un hombre. Ser hombre, después de Auschwitz, cabe en esta condición trágica que obliga moralmente a decir no en cada uno de nuestros gestos.
 Priebke protesta

Y no es trivial el combate contra el entierro de Priebke en Albano. Y es desconsolador incluso tener que decirlo, que argumentarlo. Dejo sobre mi mesa, abierto, el libro de Fernández Vítores: «Nuestro lenguaje está dañado. Nuestra escritura es culpable. Y lo seguirá siendo mientras no seamos capaces de vernos a la luz de Auschwitz. Otros habrá que prefieran vivir como neonatos hasta el día de su muerte. El Holocausto no es singular por las víctimas sino por los victimarios. Y no fueron los otros: fuimos nosotros».
 
Y yo sé, como él, que nuestra lengua es horror, como horror nuestro mundo. Y que decirlo no lo cura. Pero hay que hacerlo.


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

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