Méliès visto por Gabriel Albiac

18 de septiembre de 2013

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Ni el amaneramiento del artista ni la sesuda apatía del sabio lo tentaron. Él era un artesano: hacía trucos. Buscaba divertir: lo conseguía. Si alguien le hubiera dicho que inventaba la fábrica perfecta de los sueños, Georges Méliès se hubiera sólo sonreído. Con la distante ironía del mago de barraca que, en el fondo, fue siempre. Él no fabricaba sueños; los «capturaba», dice. Hay demasiado ingenio en sus juguetes como para dejarse engullir por lo serio, que es nombre respetable de lo estúpido. La seriedad en cine vino luego. Y el arte de aburrir a las marmotas.
 
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Martin Scorsese, que es el más riguroso de los que hacen hoy cine, le rindió homenaje en una película tan metronómica como el autómata que da eje a su relojería. Y recuperó en Hugo un puñado de los trozos de película conservados de aquel ilusionista que rodó varios centenares de pequeños prodigios y que los vio perecer cuando el valor del celuloide al peso se volvió más alto que el de sus fantasías: la destrucción de los rollos de Méliès para fabricar con su materia prima tacones de zapato de señora es una de las tragedias mayores del siglo veinte. Y una de sus más implacables metáforas. Melies 4Irónico, igual que lo fuera hacia todo, hacia sí mismo, el mago narra lo irrisorio de su drama: «¿Mis primeras películas? ¡La gente las pisa! Un día de gran miseria atendí la propuesta de un señor que me las compró al por mayor. ¡Supe más tarde que representaba a una gran fábrica que las derritió para fabricar taconcitos! ¡Fíjese, la gente camina encima!» Y él pasa, entonces, a vivir de vender chucherías en ese quiosco de la estación de Montparnasse al que da dimensión elegíaca Scorsese en su película.
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En torno a Georges Méliès, el Caixaforum madrileño ha armado su exposición más emotiva. Sólo la constricción de los conserjes a la hora del cierre pudo sacarme de ella. Salir de nuevo a la vulgaridad de lo real presente después de aquella catarata de maravillas se me hizo de verdad muy duro. Todo está allí. Lo esencial. Todo. El minúsculo empeño de hacer de un sencillo hallazgo óptico –como tantos otros, aventurado por Christiaan Huygens en la Holanda del siglo XVII– lugar de condensación de todas las fantasías humanas. Lugar, por tanto, para su exorcismo. De la linterna mágica a la máquina de fotografiar el movimiento ingeniada por los hermanos Lumière, un proyecto mayor del hombre moderno cristaliza: tallar a la medida lo imaginario. Lo llamamos cine. Y es Méliès quien inventa su red de trampas y de trucos prodigiosos. Sin un átomo de retórica. Diversión sólo. Y esa pureza lo exime de la erosión del tiempo, del tiempo que destruyó en su casi totalidad la materia de sus celuloides.
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Pero hay otra materia. Inexpugnable. La que un mago de las palabras pone, a inicios del siglo XVII, en los labios de un mago-rey llamado Próspero: «Estamos tejidos todos en el hilo de los sueños y nuestra corta vida transcurre en el decurso de un letargo». No un artista, Méliès. Sólo un poeta: palabra griega que significa artesano.


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

 
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