Pedro Corzo: Hart y Ramiro, sicarios del castrismo

17 de diciembre de 2017

Armando Hart y Fidel Castro




Las dictaduras recurren a diferentes tipos de sicarios para imponer su voluntad. Los hay de pistola al cinto, siempre listos para masacrar a los sospechosos de traición, como Ramiro Valdés, el modelo ideal en el caso cubano. Pero hay otros menos conocidos, los sicarios de las letras y la burocracia, representados en Cuba por Alfredo Guevara y Armando Hart, sujetos siempre prestos para condenar a los herejes que incumplieran en el más mínimo detalle los postulados del castrolicismo.

Armando Hart sicario
Hart, con la asistencia de otros intelectuales, fue uno de los custodios principales del dogma castrista de la conservación del poder, a la vez que sirvió como uno de los operativos principales en el establecimiento de los fundamentos sobre los que se crearía en Cuba una sociedad sin derechos individuales y en la que los ciudadanos se trasformarían en una masa coloidal lista para asumir la conducta que dispusiera la nomenclatura, donde la doble moral eliminaría la dignidad humana.

Por su condición de ministro de Educación, Cultura y miembro del Buró Político del Partido, prestó invaluables servicios al sistema. Sin embargo, al igual que el resto de sus pares, recibió poca atención porque las víctimas de las dictaduras y quienes las observan para incriminarlas tienden a enfocar particularmente las denuncias en los hechos de violencia, como si los esbirros de ese ramo fueran los únicos culpables de las atrocidades en las que incurre ese tipo de régimen.

Las entidades y las personas que propician procesos legales contra las dictaduras y sus victimarios pocas veces reparan en que el entramado sobre el que estas se sostienen y actúan. Está compuesto por diferentes segmentos que funcionan acopladamente para concretar el interés de los involucrados de mantener el control, sin aceptar que sus desempeños repercuten en la violación de los derechos de otros ciudadanos.

Hart ejemplifica a los intelectuales que sirven a las dictaduras. No fue un intelectual seducido por el castrismo, un individuo que por desconocer el conjunto de los acontecimientos se rindió al régimen ciegamente. Él conoció a fondo todo el entramado del sistema. Participó directamente en la toma de decisiones, fue un funcionario a tiempo completo que dirigió el equipo que instrumentó las bases doctrinales y las prácticas sobre las cuales se educaría a la niñez y la juventud cubanas, a la vez que colaboraba en la elaboración de los fundamentos teóricos sobre los que justificarían sus acciones los cuerpos represivos que policialmente dirigía Ramiro Valdés.

Armando Hart y los tiranos
Hart no solamente acató fielmente las disposiciones de Fidel y Raúl Castro, sino que puso a disposición de ambos toda su capacidad intelectual al impulsar cambios sustanciales en el sistema educativo; al promover la instrumentación de normas que determinaron un nuevo curso en la cultura nacional; al facilitar la gestación de un individuo de doble pensar que no dice lo que piensa sino lo que le beneficia, sin disciplina social y con una fuerte inclinación a la delación.

Los sujetos como Hart, con independencia del talento de cada quien, estaban supeditados al oportunismo de Fidel Castro. No había espacios para que teorizaran y desarrollaran propuestas, porque el castrismo consiste en un ejercicio continuado del poder, una práctica de qué hacer en cada coyuntura sin que se respeten doctrinas o ideologías, incluida el marxismo sobre el cual dice inspirarse.

Su oscuro perfil en los medios de información nacional e internacional no elimina su responsabilidad ni la de otros funcionarios de la burocracia en los crímenes morales y físicos que ha cometido la dictadura, porque, como afirma el escritor José Antonio Albertini: “La tinta también mata”, aunque lamentablemente solo se hable y escriba de los sicarios que recurren a la violencia física.

Armando Hart y Guevara

Armando Hart y el asesino Ernesto Guevara

El legado de Armando Hart y de los otros sicarios de las letras y las palabras que se sometieron voluntariamente al castrismo tal vez no incluya la sangre de sus víctimas. Quizás estos individuos y sus pares nunca hayan asesinado a ninguna persona, pero su contribución intelectual al régimen ha ayudado a la destrucción de los valores sobre los que se fundó la república. Rescatarlos es un deber primario.

pedro-corzo-2017 Pedro Corzo (*)
 
@PedroCorzo43
* Periodista y Director del Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo

 

 

 

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