El lado B de la generosidad

17 de noviembre de 2013

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Ni la culpa ni la pena. Cuando tenemos un gesto generoso en una campaña benéfica es porque nos “manda” la región del cerebro encargada del placer y la recompensa. Es decir, lo hacemos para sentirnos mejor nosotros mismos. 

Cerebro y generosidad
Ya lo sabemos: cuando lo tenemos delante de nuestros ojos, el sufrimiento ajeno nos incomoda. Mucho más cuando se trata de niños. Y esa incomodidad puede escarbar más hondo hasta el punto de convertirse en sufrimiento propio. Como si nos hubiéramos contagiado. Es cosa de ver cómo actuamos en las campañas benéficas. Si nos ponen al frente la imagen de un niño en desgracia, lo más probable es que nos metamos la mano al bolsillo. Sin embargo, pese a que nos gustaría pensar que ese acto generoso está inspirado en que nos sentimos mal por el otro y, en una de esas, porque creemos en la idea de un mundo mejor y más justo, un nuevo estudio dice que las personas tienen razones bastante más egoístas: la satisfacción que les produce.
 
Eso es lo que concluyó una investigación liderada por Alexander Genevsky, un estudiante graduado en Sicología en la Universidad de Stanford, que realizó un experimento con 22 jóvenes adultos. Genevsky les fue mostrando dos tipos de imágenes, una silueta (les decía que correspondía a un niño huérfano de Sudán) y la cara de un niño cualquiera, también de Africa. El sólo ver las fotografías de los posibles beneficiarios aumentó en 50% la disposición de la gente a donar y ese porcentaje se incrementaba cuando la imagen era de una cara real, como la del niño de Sudán.

Alexander Genevsky

Alexander Genevsky

Frente a cada imagen, los jóvenes podían realizar una donación que iba desde un dólar hasta los US$ 12. Mientras estaban en ese ejercicio, el investigador les fue tomando imágenes cerebrales para observar la actividad neuronal cuando estaban frente a la posibilidad o no de donar. Y lo que descubrió Genevsky es que “de todas las regiones del cerebro activadas por las fotografías, sólo el núcleo accumbens predijo la decisión de dar”, dice a Tendencias. En otras palabras, cuando había más actividad en esa región del cerebro (que tiene un papel importante en la recompensa y en el placer) se elevaba la probabilidad de donar. 

 
¿Qué significa? Que más que en la culpa o la pena (no se encontró actividad en los circuitos emocionales ligados a esos sentimientos), las donaciones estaban motivadas por el propio placer. 
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La pregunta que sigue es si, a partir de estos resultados, podemos entender que la generosidad es esencialmente egoísta. “Esa puede ser una forma de interpretar nuestros resultados”, responde Genevsky a Tendencias. Está tan abierta esa puerta, que el investigador adelanta que en un próximo estudio pretende desentrañar si las emociones positivas que impulsan a las personas a ser generosas apuntan solamente a ver crecer su autoestima; o si, de alguna manera, les importa el bienestar del destinatario. No es un dato menor: hay quienes afirman que la generosidad es un ejercicio de poder. Sí, de poder sobre otros que están más desvalidos. “Es muy posible que los sentimientos de poder pueden surgir como consecuencia de sentirse responsable de las emociones positivas de los demás. Y también es posible que estos sentimientos de poder surjan como respuesta a la constatación de que, al actuar generosamente, se puede aumentar efectivamente nuestras emociones positivas. Sólo un estudio empírico bien controlado lo dirá”, asegura Genevsky.
 
Mano generosaGenevsky explica que el comportamiento altruista puede ser entendido como un instinto natural del ser humano que está biológicamente previsto y reforzado por la actividad en el cerebro. Algo que ya han demostrado otras investigaciones: el año pasado la revista Nature publicó un estudio que revela que cuando la gente tiene que tomar la decisión de inmediato, su primer impulso es la cooperación, lo cual indica que la generosidad es innata.
 
Sin embargo, Genevsky dice que desde un punto de vista puramente económico es difícil entender por qué la gente actúa con generosidad hacia otra, sin importar que sean desconocidos. “El comportamiento altruista requiere el sacrificio de recursos a menudo sin ningún beneficio medible a cambio”, advierte. Un estudio de la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver (Canadá), intentó dar una explicación a esa paradoja.
 
Generosidad 56Y concluyó que la forma en que las personas gastan el dinero es tan importante como cuánto ganan. Elizabeth Dunn, líder de esa investigación, argumentó esa tesis con un dato: aunque en los países desarrollados los ingresos reales han aumentado en los últimos años, los niveles de felicidad se han mantenido sin grandes variaciones en el tiempo. 
 
El experimento central de esa investigación se enfocó en 16 empleados de una empresa de Boston que recibieron un bono de varios cientos de dólares. Pasadas entre seis y ocho semanas desde que recibieron el bono, los investigadores los entrevistaron para medir sus índices de felicidad de acuerdo a cómo habían invertido el dinero. ¿Conclusión? “Al margen de cuánto ingreso recibía cada quien, los que gastaban su dinero en otros reportaban mayor felicidad, al contrario de los que gastaban en sí mismos”, afirmó Dunn. 
 
¿Lo hicieron por egoísmo? Lo más probable, según la investigación de Genevsky.



Por José Miguel Jaque y Rafael Edwards




 
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