Gabriel Albiac escribe sobre las Normas para incendiar

17 de septiembre de 2012

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Leonardo Donà era hombre religiosísimo. Yo, ateo: va en la coste del filósofo, desde Platón, no creer en nada. Religioso o ateo son posibilidades por igual rigurosas. Pueden serlo. No en todas las culturas, desde luego. Ni en todas las religiones. Sólo en algunas. Donà era un religiosísimo católico. Yo, un católico inequívocamente ateo. Son matices. De lo mismo.

Al inicio de sus severos años como Dogo veneciano -entre 1606 y 1612-, hubo Donà de pasar su prueba de fuego. Del tiempo de su embajada en Roma, había conservado una distante amistad con quien sería, ya Papa, Pablo V. Al aún sólo cardenal Borghese, que ironizaba sobre la arrogancia de Venecia con un displicente «si yo fuera Papa excomulgaría a todos los venecianos», habría replicado entonces con cortesía adusta: «Si yo fuera Dogo, me reiría de la excomunión». No se rió Donà ante la primera escaramuza, a los pocos meses de su acceso al Dogato. Hizo algo más inapelable. Delegados de Pablo V llegaron a Venecia con el mandato de quemar los libros prohibidos de su biblioteca. Donà los recibió ceremonioso. Escuchó sus palabras. Replicó, cortés e inapelable: «Reverendo Padre, hemos dado licencia a los libreros venecianos para vender toda clase de libros, aun los prohibidos. De vendéroslos incluso a vos, siempre que la Santidad de nuestro Señor el Papa se avenga a pagarlos como todo el mundo. Si obráis así, podréis quemarlos. No, de otro modo». Se levantó, escupió a la cara del enviado y dio por terminada la audiencia.

Y en eso se cifra todo. Quien juzgue conveniente destruir la obra ajena, por el motivo que sea -religioso, estético u otro-, puede hacerlo en una sociedad libre. Con una sola condición: haberla adquirido en su precio de mercado. Y ahí termina el problema. El uso de un objeto pertenece a su propietario y no es valorable. La tabla de Van Eyck, por cuya posesión alguien pagó una fortuna, puede deleitar sus ojos o calentar sus manos en la lumbre. Es cosa suya sólo. Igual sucede con un Corán de bella caligrafía o con la maravillosamente ilustrada edición de Port-Royal de las Antigüedades Judaicas de Flavio Josefo. E igual con el edificio de una embajada. Allá cada cual con sus placeres.

Así es en la tradición cristiana moderna. No en otras. Y eso hace que no todas las religiones sean iguales. Puedo tirar a la basura las dos ediciones de la Biblia -judía y cristiana- que hay en mi biblioteca. A ningún judío o cristiano incomodará eso: allá yo, si quiero cargarme mi inversión. Si hago lo mismo con la edición Pléiade del Corán que manejo habitualmente, estaré cometiendo un sacrilegio penado con la muerte. Me declaro ajeno a una cabeza que funcione así: no es de mi especie. Una película puede no gustarme. No pagaré la entrada para verla, y punto. Un musulmán se empeñará en asesinar a todo aquel a quien sospeche relacionado con el bodrio. Es una gran fortuna no tener nada que ver con esa gente. Ser tan sólo un estricto ateo católico. De la progenie del Dogo Donà, tan piadoso.

 

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

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