La Pontificia Universidad

17 de junio de 2012

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¡Desde luego, hacía calor y en el Teatro Baralt de Maracaibo el Festival de Cine de Cortometraje Manuel Trujillo Durán me rendía un homenaje! Para reafirmar las virtudes que me hacían merecedor de esa distinción se leyó un texto en el que la Universidad Pontificia de Salamanca se adhería al homenaje que se le tributaba al escritor y crítico Rodolfo Izaguirre: «El reconocido prestigio de Izaguirre nos exime de mayores palabras. Sólo destacar nuestra admiración por su trabajo y el más ferviente voto por continuar en esa tarea».

Delante del rector, los decanos y personalidades de la cultura, mencionar a Salamanca, la misma del Quod natura non dat Salmantica non præstat, resultaba tan insólito e inesperado como ver a su santidad el Papa impartiendo bendiciones y descendiendo por el aire en el huerto de las Carmelitas Descalzas. ¡Fue un movimiento de cabezas y un sofocado rumor de asombro y admiración lo que produjo Salamanca en el Baralt! Nada menos que la augusta voz de la Pontificia Universidad, una de las más antiguas y veneradas universidades del mundo, resaltaba los méritos personales y humanísticos del homenajeado. Tan resonante fue el elogio concentrado en aquellas palabras fechadas en Salamanca que poco faltó para que la propia Salamanca terminara pidiéndome en préstamo algo que, al parecer, todavía no tiene, pese a estar allí desde el siglo XII, viva y ennoblecida entre las antiguas y eternas exigencias del pensamiento y los rigores académicos.

Vi al rector y a muchos baluartes de la cultura marabina visiblemente aturdidos y desconcertados, ¡pero el más sorprendido era yo convertido también en una Carmelita Descalza! He estado en la Salamanca de Lázaro González Pérez, el célebre lazarillo de Tormes, la ciudad que vio pasar a Fernando de Rojas y a fray Luis de León y visité la universidad que vivió el enfrentamiento de Unamuno con el general franquista Millán-Astray y su abominable grito de ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! Pero lo hice como simple turista encandilado.

Cuando en Maracaibo me dieron el comunicado para que constatara que era pieza fidedigna vi que debajo del sello pontificio estaba la firma de Alfredo Pérez Alencar, un escritor peruano amigo de Carlos Contramaestre y secretario de la Cátedra de Poética Fray Luis de León. Él auspiciaba en Salamanca encuentros con estudiosos de la literatura venezolana y sostenía firme correspondencia con poetas latinoamericanos.

Supe que estuvo representando a la Universidad de Salamanca en un congreso de escritores que se celebró precisamente en el Zulia; se enteró del homenaje y antes de dejar el país escribió la adhesión salmantina en papel membrete y estampó el sello que carga consigo. Pérez Alencar también es mi amigo; conocí con Belén su apartamento en la ribera del Tormes y por eso tuvo ese afectuoso aunque pícaro gesto que, en todo caso, siempre he sabido agradecer porque suscitó en el Baralt y luego a mi paso durante los días que duró el festival un sensible recogimiento y veneración. El rector, que había dispuesto hacia mí una educada distancia, terminó abrumándome, al igual que algunos decanos, con libros suyos y muchos folletos informativos sobre las bondades educativas de la Universidad del Zulia.

Lo que maravillaba a todos era el hecho de que siendo objeto de tan ostensible admiración no abandonara yo una compostura humilde muy a lo Lisandro Alvarado o a lo fray Luis de León que contribuyó a revivir, bajo 30º a la sombra, la picardía del Lazarillo de Tormes y a acentuar el prestigio de ser hijo predilecto de aquella lejana pero Pontificia Universidad de Salamanca que nada presta a quienes nada tienen que dar.

Rodolfo Izaguirre
Crítico de cine y escritor
izaguirreblanco@gmail.com

 

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