Rerum senilium

17 de abril de 2020

Viejo 0909





«Cuando miréis a un viejo, pensad que estáis viendo vuestro futuro tal como se os mostrará al doblar distraídamente vete a saber qué esquina»

Os lo advierto: No hay nada en la vida que se presente más inesperadamente que la vejez. De repente, un día te miras en el espejo y descubres que te ha dado de lleno una bala perdida en el tiempo.

Viejos ha habido siempre, pero viejos inútiles sólo los hay ahora. Pueden ser figuras entrañables, pero ya no son figuras de autoridad. La experiencia que acumularon a lo largo de su vida ha caducado. De vez en cuando, alguno aún se atreve a ser impertinente. Fui testigo de cómo un anciano recogía un papel del suelo que acababa de tirar un niño delante de su madre y se lo entregaba a esta, diciéndole: «Se lo doy a usted para que pueda darle a su hijo un ejemplo de a dónde hay que tirar un papel». Pero, por lo general, lo que quieren los viejos es no molestar, ir haciéndose transparentes hasta diluirse en el olvido.

Pocas personas comprenden hoy las palabras con que Platón los describe: “imágenes vivas de los dioses”. Cuando uno tiene en su casa «como un tesoro abatido por la edad» a su padre o a su madre, ha de saber que no hay nada más valioso a los ojos de los dioses. “Para el hombre bueno -concluye – es una suerte que vivan sus padres cargados de años hasta los últimos límites de la existencia».

Hasta ayer, a los viejos les pedíamos que se muriesen con discreción en sus residencias y, a ser posible, en día laborable, pero hoy la irrupción del coronavirus nos obliga a decidir el valor de su dignidad personal. El resultado es que hemos descubierto la volubilidad de nuestras convicciones. En tiempos de normalidad nos gusta presumir que somos, al menos, discretamente kantianos, pero en tiempos de excepcionalidad, no tenemos inconveniente en volvernos descaradamente utilitaristas.

En tiempos de normalidad se nos llena la boca con la inviolable dignidad de la persona y sus derechos. Si alguien nos propusiera matar a un anciano para conseguir un órgano que resulta imprescindible para salvar la vida de su hijo de diez años, lo denunciaríamos a la policía. La vida humana, podríamos decirle, es un bien en sí misma y no puede sacrificarse para beneficiar a otra persona. Medir la importancia de una vida por su utilidad sería caer en la indignidad.

Pero si hay más náufragos que botes salvavidas -léase UCIS-, apartamos a los viejos para dejar sitio a los jóvenes, suponiendo que si, probablemente, una persona de quince años tiene más vida por delante que un viejo de ochenta, la vida del primero es más valiosa. El utilitarismo, se vista como se vista, consiste en valorar las cosas -incluyendo la vida humana- por lo que rentan.

¿Si los jóvenes de quince años o los adultos de 55 estadísticamente viven más que los viejos de ochenta, aquel joven o ese adulto vivirá más que este viejo de ochenta? ¿Estamos seguros de saber la respuesta? ¿Le podemos arrebatar a una persona su dignidad por razones probabilísticas? ¿Acaso la edad nos va erosionando el valor con cada arruga?

¿Mi impresión de que el triaje, sin duda imprescindible en situaciones de emergencia, ha relegado a ancianos no por razones de su gravedad, sino de su edad, está equivocada? ¿La sospecha de que lo ocurrido en muchas residencias de ancianos no nos está indignando como debiera, tiene fundamento? No puedo evitar pensar que “triaje” proviene del francés “triage”, que significa “separar el grano de la paja”.

En épocas de vacas flacas, los derechos inalienables se vuelven vulnerables. No negaré que, cuando la alarma suena, el apremio a la hora de tomar decisiones puede ser mayor que nuestra inteligencia para discriminar en cada caso lo más justo, ¿pero somos conscientes de a qué nos exponemos cuando rebajamos socialmente, aunque sea una rendija, la inviolable dignidad personal?

Joven se ve viejo en espejo
Os lo advierto: la vejez llega mucho antes que pienses en acercarte a ella. Por eso mismo, cuando miréis a un viejo, pensad que estáis viendo vuestro futuro tal como se os mostrará al doblar distraídamente vete a saber qué esquina.

Para Suzanne Hoylaerts, de 90 años, y para el padre Giuseppe Berardelli, de 72, que han fallecido víctimas del coronavirus tras renunciar a sus respiradores artificiales para que pudieran ser utilizados por pacientes más jóvenes. Nos han mostrado que vivir bien y morir bien no son dos cosas distintas, sino la misma cosa.

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar». 

Un artículo de Gregorio Luri

@gregorioluri


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