Gabriel Albiac: Internet y chantaje

17 de febrero de 2020

Internet y Chantaje





La historia es de una trivialidad desoladora. Además de repugnante. Pero, de esa trivialidad y de esa repugnancia, se ha tejido una crisis política en la Francia que hasta anteayer hacía del blindaje entre vida pública y vida privada el cimiento de la República.

La historia -trivial, repugnante- tiene estos personajes: un candidato macronista a la alcaldía de París, en la cual se juega mucho más que un ayuntamiento; un profesional ruso de ese negocio de la provocación al cual algunos descerebrados llaman arte contemporáneo, huido de Putin y beneficiario del benévolo asilo en Francia; su joven novia, de la cual no conocemos nombre, sólo edad, 29.

Griveaux chantajeado
El político, Benjamin Griveaux, intercambia vídeos estúpidamente guarros con la señorita: no está 
clara la fecha, pero parece que hace algo más de un año. La señorita y su «provocador» novio atesoran un patrimonio icónico a capitalizar en el momento justo: ese momento cristaliza en el inicio de las municipales parisinas, en las cuales LREM de Macron se juega buena parte de su futuro. El «artista» lanza a las redes sociales los genitales del político pardillo y reivindica su acción. Los competidores del político pardillo repiquetean las imágenes. Dos días después, el político pardillo dimite: barco hundido.

No hay novedad en el suceso mismo. Chantajistas los hubo siempre. Lo que mueve a estupefacción es la facilidad de su eficacia. Que hace jugar dos factores: a) el hipócrita puritanismo de una sociedad más trufada que ninguna en la historia por el consumo de la pornografía; b) la impunidad de unas redes sociales que simultanean la instantánea universalidad de sus mensajes y la casi perfecta impunidad ante la ley.

Porque, en términos legales, no hay lugar a polémica: fotografiar los propios genitales no es delito, enviar las imágenes a una adulta que las solicita, tampoco; por el contrario, distribuir públicamente en la red imágenes transmitidas en el ámbito privado está penado por la ley francesa, desde 2016, con dos años de cárcel y 60.000 euros de multa. Pena cuyo riesgo habrán de afrontar los dos presuntos chantajistas. Y, sin embargo, el político está muerto, el chantajista se ha convertido en una estrella mediática y el «gancho» permanece hasta hoy en un confortable anonimato. Es el mundo cabeza abajo.

Griveaux cometió, sin duda, dos errores: uno -infantil-, acceder vanidosamente a un requerimiento femenino turbio; dos -y ése sí es grave-, ceder al chantaje y dimitir. El precedente que ha creado con su dimisión es crucial para el futuro que se adivina: cualquiera podrá recurrir a la vida privada para acabar con un competidor político. No hace falta ser un fino politólogo para saber lo que eso significa: el fin de aquel modelo garantista que, a lo largo de algo más de dos siglos, funcionó en Europa bajo el axioma conforme al cual «la vida privada es el templo en el que habita la libertad del ciudadano» y tocarla es destruir la democracia. Esa destrucción aportó Internet a nuestro mundo.

gabriel-albiac-2017-creditosGacriel Albiac, catedrático de Filosofía de la Complutense. Ha obtenido los premios González Ruano, Samuel Toledano y Nacional de Ensayo. Su último libro es «Blues de invierno»




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