Ignacio Camacho titula: El paciente inglés

16 de noviembre de 2013

Charles de Inglaterra portada



Los partidarios de la abdicación de Don Juan Carlos suelen enarbolar ejemplos o precedentes de naciones como Bélgica u Holanda, en cuyas apacibles, sonrosadas y sonrientes realezas se va Elizabeth IIimponiendo una costumbre jubilar acorde con las recomendaciones de la Troika europea. Pero la titular del más sólido de los paradigmas vigentes de monarquía constitucional, la reina Elizabeth Alexandra Mary –«por la gracia de Dios reina del Reino Unido de la Gran Bretaña y de Irlanda del Norte y de sus otros reinos y territorios», según su oficialísimo título que añade el de cabeza de la Commonwealth–, parece haber tomado la soberana decisión de morir con la corona puesta.

Tan rotundo criterio ha achicado el horizonte del Príncipe Carlos hasta un extremo en el que acaba de ingresar, sin ocupar el trono, la sosegada condición de pensionista. Los británicos son gente tan peculiar que con una monarca octogenaria y dispuesta a batir el récord de su tatarabuela Victoria han trasladado el debate abdicatorio a su heredero. Como éste ya tiene un nieto se empieza a formar en Buckingham una cola como la de la administración de doña Manolita en vísperas del sorteo navideño.
 
Charles de Inglaterra foto 2Carlos de Gales es, desde luego y tal vez a la fuerza, un tipo paciente, quizá porque en su posición no pasa el tiempo sino la Historia. Hombre de gran cultura y refinado gusto, excepto para las mujeres, entretiene su real espera con incursiones en la arquitectura y con un cierto apostolado ecologista enraizado en el tradicional ruralismo inglés. Su popularidad, fácilmente descriptible desde el principio, quedó estrellada para siempre contra el mismo poste en que murió la princesa Diana, pero no fue el más hermético ni el menos empático de los royals en aquella crisis de emotividad colectiva que tambaleó cuatro siglos de régimen coronado.

De tono vital apagado, a menudo da la sensación de contemplar su propia existencia con un cierto estoicismo melancólico propio de quien se siente arrinconado en una encrucijada del destino. Ni siquiera usa teléfono móvil, y ese gesto de inmutable rechazo de la modernidad tecnológica es en realidad una especie de metáfora de su propia prescindibilidad histórica, como si supiese que nadie va a pensar en él para una llamada de emergencia. Se ha convertido en una pieza en desuso sin haber llegado a formar parte de la maquinaria.
 Charles de Inglaterra foto 3
Esa carga de irrelevancia, que podría resultar determinante en una sociedad tan apegada a los emblematismos simbólicos, la lleva sin embargo sobre los hombros con una elegancia ciertamente notable. No sólo porque parece que hubiese nacido con un chaqué puesto, sino porque destila una serenidad displicente, imperturbable, aristocrática. Quizá sea la impronta lógica de un hombre que ha cumplido la tercera edad sabiendo que, sin haber tenido que tomar ninguna decisión trascendente, se ha equivocado en casi todas las demás.


Ignacio Camacho


Ignacio Camacho
Periodista español
Agradecemos al Diario ABC por permitirnos reproducir este artículo

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