Entre la vida y la muerte

16 de agosto de 2012

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El problema con aquellos que creen haber vencido a la muerte, y pueden hacer lo que les venga en gana, es que vivirán más largo de lo que hubieran deseado, pidiendo a gritos y con todas sus ansias morir, para de una vez por todas no seguir oyendo la voz de ese juez implacable que es la conciencia.

Hay muchas formas de morir, siendo una de las peores formas, la de aquellos cuyas palabras un día fueron oídas como si fueran pasajes de la Biblia y luego caen en los oídos sordos de quienes una vez fueron sus fervientes seguidores. Después de haber sido vistos como ídolos, se enfrentan al cerrar los ojos a la mirada esquiva, al volteo de la cara, o al mirar fijamente de frente para no ver a quien les resulta incómodo mirar.

También es morir, vivir el abandono total por parte de quienes una vez lo adularon, seguidores por interés, amigos por conveniencia, aliados en crimen, compadres por prebendas, pasionarios fingidos, ser rechazado por todos aquellos a quienes se les hizo un inmenso daño, recibieron crueldad, sufrieron por la mezquindad de quien no tiene en su alma un mínimo de nobleza. Y, él lo sabe.

Deseará morir, pero largo vivirá, le tendrá miedo a la vida por ese «pequeño detalle» que como ya ha sido expresado es la voz de la conciencia. Le teme a la verdadera justicia, aquella que quiso corromper para no ser jamás juzgado, sin darse cuenta en su inmensa necedad, que la justicia nunca muere, solo espera y tarde o temprano alcanza a todos aquellos que la han mancillado. Querrá morir antes de enfrentarla, pero largo vivirá para conocerla, y esto último era precisamente lo que estuvo tratando de evitar promoviendo la injusticia.

Largo vivirá quien ha traicionó un sagrado mandato, sólo será recibido por los brazos de la muerte, una vez que haya sido juzgado y haya pagado por los crímenes cometidos. Mientras tanto le tendrá miedo a la vida y pánico a la muerte.

Entre una vida plagada por los atropellos ordenados a sus secuaces, y cometidos personalmente se desenvuelven sus días, sus nefastas acciones, su corrupción, su inmoralidad. En la noche no puede conciliar el sueño, no por un remordimiento que le es ajeno a él, en cuya alma solo existen los sentimientos más mezquinos, sino simplemente porque el sueño que repara el cansancio le es negado a quien tan empinada deuda tiene con un pueblo al que trata en forma inclemente.

Por todo lo anterior tiene miedo, mejor dicho tiene pánico, todo malo es cobarde y de esa cobardía todo un país es testigo. Lágrimas de cocodrilo ha derramado, suplicó y pidió protección a aquellos de los que se había burlado, quienes generosamente se la brindaron. Pero con resabios de zorro viejo, logró volver al mismo lugar al que nunca debió haber llegado, lo cual prueba que los pueblos si pueden equivocarse.

Cuando la equivocación cometida es de tan gran envergadura, con un hombre cuya maldad es tan honda que al infierno llega, se necesita una montaña de moral y de coraje para recoger las piezas que ha dejado el entuerto para reconstruir un país, una nación y volver a escribir con justicia un nuevo capítulo de la historia, pero en esta oportunidad con honestidad y honorabilidad.

 

 

Mercedes Montero
Columnista de Opinión
mechemon99@yahoo.co.uk

 

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