Cultura, política y poder

16 de julio de 2012

roblesportada

La cultura no depende de la política, no debería en todo caso, aunque ello es inevitable en las dictaduras, sobre todo las ideológicas o religiosas, en las que el régimen se siente autorizado a dictar normas y establecer cánones dentro de los cuales debe desenvolverse la vida cultural, bajo una vigilancia del Estado empeñado en que ella no se aparte de la ortodoxia que sirve de sostén a quienes gobiernan. El resultado de este control, lo sabemos, es la progresiva conversión de la cultura en propaganda, es decir, en su delicuescencia por falta de originalidad, espontaneidad, espíritu crítico y voluntad de renovación y experimentación formal.

Hemos fusilado este párrafo de la última obra de Vargas Llosa: La civilización del espectáculo. Un libro brillante, luminoso como la escritura de este español nacido en el Perú del amigo Fernando Iwasaki, de este escritor universal que nos ha dado tardes felices en nuestra primera juventud, cuando gozábamos de Pantaleón o de la tía Julia y su escribidor. Vargas Llosa profetiza el final de la cultura tal y como la habíamos entendido hasta hoy, desde Homero hasta Kafka, desde Platón hasta Faulkner. Esa cultura le ha cedido el paso al espectáculo que todo lo degrada y que convierte en vulgar propaganda, o en un mero objeto de consumo, lo que antes le permitía al ser humano ahondar en el conocimiento y elevar su espíritu.

Si nos traemos ese párrafo, con el que abre el capítulo que se titula como este artículo dominical, a la Andalucía del Régimen de los Treinta Años nos parecerá que Vargas Llosa está describiendo lo que sucede en nuestra comunidad desde hace demasiado tiempo. La cultura se ha sometido al poder que la controla mediante dos poderosos artilugios. Por un lado, la coacción moral que funcionó desde el principio y que usó un poderoso aparato de propaganda para que Andalucía, la Junta y el partido del gobierno fueran la misma cosa en el imaginario andaluz. Así pues, quien criticaba al partido estaba enfrentándose con la Junta e insultando a los andaluces que habían elegido a esos próceres. Y encima recibía, como premio, el sambenito de facha. Perfecto.

El otro método es más práctico y no a la cabeza ni al corazón del artista, sino a su estómago. La red clientelar de las subvenciones por goteo ha funcionado en la Andalucía cultural de una forma sobresaliente. ¿Cuántas películas o cuántas obras de teatro se han dedicado a criticar la situación andaluza, la corrupción que apareció demasiado pronto, el enchufismo y el nepotismo, el sectarismo que premia a los buenos y aísla a los malos? En Cataluña al menos han tenido a Boadella con su Ub?, president. Aquí nadie se ha atrevido a poner sobre las tablas el Ojú, presidente.

Frente a este silencio crítico, la utilización propagandística y chabacana del mayor medio de difusión cultural con que ha contado Andalucía a lo largo de su milenaria historia. Canal Sur es, con sus viejos verdes y sus niños repelentes, la demostración palmaria de este entierro de la cultura en aras de la propaganda que denuncia Vargas Llosa. Un premio Nobel al que los paniaguados del Régimen despachan de forma displicente según la norma: es un facha. Y punto final.

 

 

Francisco Robles
Periodista español y analista político
Agradecemos al diario ABC de España poder reproducir este artículo

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