Cuando el tiempo ya no está de tu parte… Reflexión de Gabriel Albiac

16 de julio de 2012

ROLLING STONESportada

«ÉRAMOS jóvenes, ricos y hermosos, y la corriente -creíamos- iba a nuestro favor». Eran. En la desengañada evocación que deja caer Marianne Faithfull -chica de Jagger entonces-, los Rolling Stones son construidos como objeto sagrado: eran, éramos. Fue hace mucho: medio siglo. Y esa mitología sigue siendo bella. E ilusoria. Bella por ilusoria. Porque los Stones murieron el día de 1969 en el cual Brian Jones amaneció muerto en su piscina. Siguió luego girando la inalterable repetición del rito consagrado. Era una bella liturgia. Jagger, Richards y Watts la oficiaban con pulcritud de grandes sacerdotes que saben primordial que el rito sea perpetuado sin alterar una tilde: cuando los dioses huyen -cuando el tiempo deja de estar de nuestra parte- la liturgia tiene que hacer creíble la suspensión de relojes y calendarios.

Los cincuenta años de los Stones dan ceremonia a la caducidad de cuanto fuimos. Y nos hace soportarla, en tanto que escena bella: desesperada constancia de que no existe modo -ni siquiera en el delicado encaje de música y escena- para escapar a ese mal esencial, a ese mal único, que dicen los versos de Ezra Pound ser el mal. Eran tiempos condenadamente grises, aquellos de los cuales sacó a los de mi edad el fogonazo imprevisto del Londres del 62: Beatles, primero; Stones, enseguida. Y todo lo hasta allí no imaginable. Lennon daría de los tiempos que eso hizo saltar en añicos una descripción tan axiomática como el filo de un vidrio roto: «El rock and roll era lo real, el resto, una pesadilla». Que, a lo largo de unos súbitos años, el sueño se sobrepusiera a la pesadilla, es uno de los mayores milagros -y el único de verdad benévolo- que habremos vivido los de nuestra edad. En España y en los últimos quince años de la dictadura, lo único consolador que queda en mi recuerdo son los mínimos vinilos de 45 revoluciones por minuto que me garantizaban que existía otro mundo menos áspero. O que podía existir.

¿Nos volvimos todos locos? Estábamos en nuestro derecho de que así fuera. Vuelvo a las memorias de la Faithfull de inicio de los noventa, ya retornada de todas las marginalidades y todas las químicas, superviviente de ellas: «Los Rolling Stones y el Gobierno de Su Majestad pasaron a ser poderes de igual magnitud… Nos rebelábamos porque teníamos esperanza». Claro está ahora -y es esencial que eso lo sepamos- que de aquella esperanza nada queda. Que la esperanza fue la más devastadora de las drogas de aquellos años. Que la esperanza exterminó, en igual medida al menos que la química, a los Brian Jones, Hendrix, Morrison, Joplin… A los tantos anónimos.

Y que mirar atrás ahora, ya sin miedo, sin esperanza, sin ilusión ni maldita la falta que hace, todo aquello, y que escuchar los viejos discos de hace cincuenta años, está entre los poquísimos recuerdos -para mí, los únicos- que nos llevarán, tal vez, a dejar esta puta vida sabiendo que alguna que otra vez fuimos felices. Ni jóvenes, ni ricos, ni hermosos. Felices sólo. En lo más efímero.

 

 

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

 

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