El silencio en torno a Carromero

16 de abril de 2013

Carromero portada2

Los hechos, recordémoslos. El 22 de julio de 2012, el coche que conduce Ángel Carromero se estrella en una carretera cubana. Mueren los dos opositores que ocupaban los asientos traseros: Oswaldo Payá, cabeza moral del anticastrismo, y Harold Cepero. El sueco Aaron Modig, en el asiento del copiloto, sale ileso. La mitad delantera del coche aparece intacta en las fotos: ni vidrios ni airbags han saltado. La mitad de atrás está laminada.

payacarroaccidenteSabremos, de inmediato, que Carromero ha sido aislado por la policía. Sólo al cabo de unos días, las autoridades difundirán un vídeo en el cual el español se declara culpable de todo. Podríamos decir que el vídeo es extraño. Pero no lo es, para cualquiera que conozca cómo funcionan policía y justicia en el castrismo. La imagen es la de un zombi dopado hasta las cejas, que recita un texto aprendido de memoria. ¿Redactado por quién? Será luego juzgado. Y condenado, como corresponde al automatismo de la dictadura. Pasado un tiempo, el gobierno de Madrid obtendrá su salida de la isla, a cambio de que sea el sistema carcelario español quien se haga cargo de ejecutar la sentencia cubana. Nadie podría reprochar esa farsa: la prioridad era sacar a un ciudadano en peligro; en Cuba, la vida humana vale cero.

Y, una vez en Madrid, silencio.

Rajoy y bruno rodriguez

Mariano Rajoy saluda al ministro de Relaciones Exteriores de Cuba,
Bruno Rodríguez Parrilla

Nada sucede sin motivos. La hipótesis más verosímil de ese silencio remite a la crónica debilidad de los gobiernos españoles con la dictadura castrista. Hay dos versiones de ello. Una respetable, la humanitaria: el gobierno de Madrid estaría pendiente de gestiones para obtener la liberación de presos políticos en Cuba, que quedarían rotas en el caso de que la narración de la verdad sobre el caso Carromero provocase un conflicto diplomático serio. Otra, más cínica: los intereses comerciales españoles en Cuba son demasiado grandes para ponerlos en riesgo en un momento económico tan frágil como éste.

El 5 de marzo pasado, Ángel Carromero habla con el Washington Post (http://articles.washingtonpost.com/2013-03-05/opinions/37462091_1_harold-cepero-aron-modig-hospital-room). Cuenta cosas gravísimas: «Según salimos de La Habana, un tuit de alguien cercano al gobierno cubano anunciaba nuestra salida: Payá camino de Varadero». Los siguen tres coches que se van turnando. El tercero los embiste. Pierde el conocimiento. Ya en el hospital, comienza a ser drogado por vía intravenosa: permanecerá en ese estado hasta salir de Cuba. Cuando llega el momento de la declaración, aparece un personaje «que se identificó como perito del gobierno de Cuba y que me transmitió la versión oficial de lo sucedido. Si colaboraba, no me pasaría nada». Si no…

Carromero lleva en Madrid ya tres meses. Callado. «He recibido amenazas de muerte en España», explica al Washington Post. El miedo de un hombre es respetable. La ocultación de un crimen de Estado, no. Y esto es lo que se pudre en ese estuche de silencio. Hermético.



Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

Síguenos:
facebooktwitterrssyoutube


Otros artículos de interés