Gabriel Albiac: Contra lo correcto

15 de julio de 2019

Identidad imagen 1



En el final de los años sesenta, la batalla por la emancipación sexual fue una guerra contra la imposición de identidades. Ni salió ese combate de la nada, ni de un enojo espontáneo. Se asentaba sobre el sustrato conceptual en que se estaba jugando el vuelco del pensar del siguiente medio siglo: damos por evidente lo que decimos cuando decimos «yo» o cuando decimos «sujeto», pero no lo es. ¿A qué llamamos un sujeto?, se había preguntado Lacan. A una función de lenguaje. Según la RAE, a la «función sintáctica desempeñada por un sintagma nominal que concuerda en número y persona con el verbo». Sujeto es, así, «sujeto de la frase». Y esa sujección es tan transitoria como la frase misma.

La anécdota es bien conocida. Borges está dando un paseo por Buenos Aires. Uno de los innumerables plastas que no viven más que para identificar fetiches y en los fetiches identificarse, lo asalta: «¡Ah, pero si es usted Borges!». El indolente paseo, a hacer puñetas. Borges replica, paciente: «Algunas veces, hijo. Sólo algunas veces». Un Borges que creyera ser Borges sería un candidato al manicomio. Porque un loco no es alguien que se cree Napoleón; un loco es alguien que se cree él mismo.

Jorge Luis Borges caminando por Buenos Aires
Ni Borges es Borges, ni yo alguno es identidad alguna. Ni hay atributo humano que vaya más allá de su efímera enunciación. Escritor, corredor de bolsa, homosexual, minero, heterosexual, cinéfilo, tejedor de endecasílabos, bibliófilo, fetichista, jugador de rugby, pastelero… son avatares que puntean el curso del tiempo en una vida. Ninguno de ellos acota más que lo que acota: el instante en el cual es enunciado. Ninguno posee connotación valorativa: ni negativa ni positiva. Es. En el tiempo. Y deja, en el tiempo, de ser: nunca volveremos al ser de este instante. Quevedo da esa certeza en uno de sus más altos endecasílabos: «soy un fue y un será y un es cansado». Y claro está que decir que «soy» es un «es», que la primera persona es una tercera, equivale a despojar al yo de contenido.

No hay identidad sexual. Como no hay identidad de ningún tipo. Llamamos identidades a los sucesivos papeles que, bien que mal, vamos representando. ¿Es relevante que un jugador de baloncesto coleccione cucharillas de plata victorianas? Para sus hábitos privados, probablemente; para su eficacia encestadora, en lo más mínimo. ¿Es relevante la heterosexualidad de un geómetra? Puede que sí, en su jardín afectivo; no, desde luego, en la consistencia de sus teoremas. ¿Dice algo de un ministro su homosexualidad? Nada. Dice acerca de la vida privada de la persona sobre la cual se inviste ese cargo; pero la función llamada «ministro», como el teorema geométrico o la canasta de baloncesto, no tiene sexo.

Identidad sexual
El identitarismo -sexual o de cualquier otro tipo- impone valoraciones. Eso es lo peligroso: jerarquizar grupos cerrados de individuos, disfrazarlos de idénticos. Entonces, las serias luchas de final de los sesenta ceden a una mascarada hortera, a un carnaval de orgullos regresivos: muertas identidades.

gabriel-albiac-2017-creditos
Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid


 

Síguenos:
facebooktwitterrssyoutube


Otros artículos de interés