Gabriel Albiac pregunta: ¿Votar? ¿Por Qué?

14 de abril de 2014

Parlamento Europeo 998



¿Votar en las europeas? Yo lo haría. Si alguien me sugiriera un motivo. Por pequeño que fuera. Estaría dispuesto a tragarme mi crónica pereza ante lo colectivo. A fin de cuentas, eso a lo que llamamos Europa fue, entre los siglos XVI y XIX, la fábrica de todo cuanto en literatura y arte me ha interesado. Aunque tan sólo fuera para salvar de ello un mínimo residuo arqueológico, me tomaría el aburrido esfuerzo de recorrer los doscientos metros que separan mi biblioteca del colegio público en el cual suelen colocar las urnas. Creo: la verdad es que carezco de hábito en la materia. Un motivo argumentado. Solo. No pido mucho. A la escucha de las sandeces que es de rigor proferir en campaña, se diría que pido demasiado.
 
¿Qué se elige en unos comicios europeos? Diputados, claro. A una cosa llamada Parlamento Europeo, con sede en Estrasburgo. ¿Qué sé de ese así llamado «Parlamento»? Que carece de funciones reseñables. La política europea la decide en Bruselas un puñado de selectos funcionarios, designados mediante cooptación similar a la que usaban los brujos en tiempos aún más oscuros. Lo bueno como lo malo –voy ser muy generoso y suponer que ambos puedan darse– lo genera esa comisión de oligarcas que a nadie, absolutamente a nadie, está obligada a rendir cuentas. El gobierno de la UE puede ser que responda a algún modelo político que yo, desde luego, desconozco. Nada tiene que ver, en todo caso, con una democracia. De ahí el disparate del nefasto Giscard al intentar –por fortuna, sin éxito– revestir eso con el nombre de «Constitución».
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Ni la Europa que alguien dirige desde Bruselas es un régimen constitucional, ni es fácil dar con nombre propio para su «gobierno». No es una democracia, desde luego, puesto que ni uno solo de sus cargos depende directamente de electores ciudadanos. No una monarquía, por lo menos: el pobre Durao Barroso no da el tipo. Lo menos desbarrante sería cederle el nombre clásico de oligarquía. Y todo, en el intercambio de poder y honores, lo debe vehicular una oligarquía bajo discreción y sombra. Para el brillo escénico, los patricios de Bruselas han dispuesto el teatro de Estrasburgo: un Parlamento de actores sin función. Sin potestad –y eso es lo esencial– sobre el ejecutivo que decide. ¿No se sienten humillados los que en Estrasburgo ocupan tal escaño de primoroso attrezzo? Tal vez. Pero la humillación se seda con buen sueldo: es ésa una ley de la naturaleza. Y los ingresos que perciben los de Estrasburgo son los más disparatadamente opulentos –e imposibles de cuantificar en sus diversas partidas– que haya conocido la suntuosa casta política del último medio siglo.
 
Se me dará como argumento que, al menos, no es fácil confundir a un técnico competente y aburrido como Arias Cañete con un pozo de nesciencia dicharachera como Valenciano. Es cierto. Pero, en lo de Estrasburgo, tanto vale un premio Nobel cuanto una vicetiple en horas bajas. ¿Y por qué habría yo de perder medio segundo de mi escaso tiempo en promover sus intereses?



Gabriel Albiac
Gabriel Albiac

Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid







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