«Callejero de monstruos» titula hoy Gabriel Albiac

13 de octubre de 2020

Dese usted una vuelta por su propio barrio



Aforismo de Lichtenberg, hace algo más de dos siglos: «Aquel que debe su inmortalidad a una estatua, es indigno hasta de la estatua». Yo diría hoy, más bien, que se la merece. La faena es que al pobre Lichtenberg le alzaron una en Gotinga. Cualquiera que se pasee por las calles de su ciudad constata eso a diario: al menos un tercio de los «estatuados» fueron tipos despreciables; el noventa por cien de los dos tercios restantes se queda en un amasijo de grises nulidades; al minúsculo cupo de sujetos respetables le hubiera dado un síncope verse transfigurado en monigote. Si de las estatuas pasamos a los nombres de calles, el ridículo y el bochorno se alzan a dimensiones colosales.

Quitar nombres indignos o nulos de calles y monumentos, sería quedarnos sin monumentos y sin calles. Y si alguien, de verdad, ansía moralizar el callejero urbano, le propongo adoptar la hipótesis inversa: retirar de él los poquísimos nombres de las gentes dignas o meritorias, a las cuales la compañía de esa muchedumbre de sórdidos ofende. El número de calles a rebautizar y de feas estatuas a desatornillar sería mínimo, el coste laboral muy bajo. Y el despiste vecinal pasaría casi inadvertido. Y nuestros grandes hombres, aquellos que escribieron, pintaron, fueron dejando esquirlas de belleza o inteligencia en este mundo de malos y poderosos -que son lo mismo-, tendrían paz en el refugio de museos y bibliotecas, lejos de los asesinos, ladrones y sinvergüenzas con los que ahora comparten callejero.

Dese usted una vuelta por su propio barrio con una buena enciclopedia en la mano y juegue al bonito juego de buscar con cuál de los personajes cuyos nombres exhiben las calles en las que vive y por las que pasea hubiera aceptado usted cambiar dos palabras. Y, si lo encuentra, pida que, por piedad, tengan las autoridades pertinentes la decencia básica de sacarlo de ahí.

No, seamos serios, no son peores -siendo bastante lamentables- Largo Caballero ni Prieto que lo es el desconocido de cuyo nombre queda sólo el rastro de una calle, pero que basta rastrear en los archivos para descubrir como una mala bestia. Habrá quienes pidan que a esa mala bestia le quiten su placa. No seré yo. Las placas y los monumentos se inventaron para las malas bestias: es lo que mejor ajusta a su talante. Y, una vez congelados sobre nuestros muros, convierten nuestras ciudades en lo que, en lo más hondo, es toda ciudad: una galería de los horrores. Un toque elegantemente cosmopolita debería añadirles una glorieta de Jack el Destripador y un par de avenidas Hitler y Stalin, de preferencia convergentes. ¿Quién mejor que ellos las merecen? Rescatemos a los otros. ¿Qué hacen Quevedo, Góngora, Garcilaso, Velázquez, Picasso, Ortega, Goya, Unamuno…, en medio de esa espeluznante cuadrícula? Insultamos a nuestros grandes, al hacerlos naufragar en semejante cenagal. Saquémoslos de nuestros callejeros. Que están para lo que están: para gloriar la estupidez y la sangre.

gabriel-albiac-2017-creditosGabriel Albiac, catedrático de Filosofía de la Complutense. Ha obtenido los premios González Ruano, Samuel Toledano y Nacional de Ensayo. Su último libro es «Blues de invierno»



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