Vo Nguyen Giap visto por Gabriel Albiac

12 de octubre de 2013

Vo Nguyen Giap Portada



«La guerra es arte de ficción», enseñaba Sunzi hace dos mil trescientos años. Y eso hace del estratego un metafísico. Cuando domina su arte. Que no es otro que el de tejer representaciones ilusorias ante los ojos de aquel al cual combate. Nadie en el siglo XX dominó esa maestría taoísta con la fluida plenitud de Vo Nguyen Giap. Quien incluso a la muerte tuvo a raya a lo largo de 102 años de vida peligrosa. Murió en Hanoi, la semana pasada. Casi ni nos apercibimos. Giap era historia: historia de otro mundo, en el cual era aún posible la epopeya.
 
Otro mundo, otro tiempo. Ahora inimaginables. Yo tenía 17 en aquel invierno. Mis recuerdos más claros giran en torno a la sala de lectura de la Biblioteca Nacional en Madrid. La mayor parte de aquel mes de enero la pasé absorto en el descubrimiento de los textos estéticos de André Malraux, en la misma edición que sólo treinta años más tarde logré adquirir en un anticuario del Barrio Latino. Salía, cada atardecer, con la corpórea embriaguez de belleza y aventura que, en la obra de Malraux, son exactamente lo mismo.
 
En la primera esquina había un quiosco con prensa extranjera. Yo me gastaba el presupuesto de la merienda en un par de periódicos franceses. Y allí mismo, sentado en un helado banco de la Castellana, el relato prolijo de la «Ofensiva del Têt» borraba el mundo gris en que vivía y me enlazaba directamente con aquellas ensoñaciones de los Templos de Ang-Kor que había estado visitando en las páginas de Les voix du silence. Porque la «Ofensiva del Têt» fue, sobre todo, un relato.
Vo Nguyen Giap 1
Un relato que ganó para Giap la guerra que en el frente había perdido. Ese relato trastrocó las vidas de los de mi edad. En Europa como en los Estados Unidos. Ninguno de nosotros podía imaginar, entonces, que todos los demás estaban siendo arrebatados por la misma emoción de las historias leídas. El prodigio de Giap era que él sí lo sabía. Y había planificado lo impensable en una guerra: ganar en territorio enemigo. Con imágenes. Y hacer que cada derrota se trocara en elegía insoportable para los vencedores: no importa perder batallas si el enemigo vive cada victoria como una derrota abyecta.
 
Giap era, sin duda, un maestro. En todas las academias militares se estudia la planificación que aquel autodidacta desplegó en la batalla de Dien-Bien-Phú, que acabaría con la presencia francesa en Indochina. La base sólo era vulnerable a una artillería imposible de trasladar sin unidades aerotransportadas. Giap hizo desmontar los cañones; durante meses, las piezas fueron cargadas a hombros a través de selva y montaña; remontadas, finalmente, en las posiciones previstas. Cuando, el 13 de marzo de 1954, Dien-Bien-Phú comenzó a ser bombardeada, nadie en el mando francés entendió qué había pasado. Era el fin de la guerra. Y el inicio de una leyenda militar.
 
Giap era perfecto en los dos dispositivos axiales de la guerrilla: defensa estratégica y hostigamiento disperso. No lo fue tanto en el momento resolutivo. Y en los grandes movimientos de tropa, pecó frecuentemente de impaciencia.

Ofensiva del Tet
La «Ofensiva del Têt» fue el paradigma: el vietcong perdió a lo mejor de sus hombres en un ataque desmesurado. Y, sin embargo, de esa derrota militar nació la victoria política. Nació muy lejos: en los campus estadounidenses y europeos. Y la foto del tiro en la sien a un guerrillero del FNL ante las cámaras dijo que era imposible continuar aquello.
 
De esa foto en Saigón, de ese relato del Têt, nació el 68. En Berlín, en París, en Berkeley. Y murió un mundo.


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

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