México ante las elecciones

12 de junio de 2012

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La violencia y la criminalidad, ligadas al narcotráfico, se convierten en protagonistas de la campaña electoral mexicana.

Las próximas elecciones del primero de julio en México se celebran en un clima caracterizado por la violencia creciente -más de un centenar de muertes violentas y atroces en las últimas semanas y 50.000 en los últimos cuatro años-, un desgaste cada vez más acusado de la fuerza gobernante, el Partido de Acción Nacional (PAN), y su presidente, Felipe Calderón, y un estado de malestar constatado en la sociedad mexicana por el actual discurrir de las cosas en todos los órdenes.

La presidencia de Calderón ha sido absolutamente fallida, no habiendo tenido éxitos notorios ni en la lucha contra la corrupción ni contra el narcotráfico; sino más bien parece que esta última lacra ha permeado todas las instituciones -desde las instancias judiciales hasta los cuerpos de seguridad- y ha gangrenado una sociedad cansada de esperar en la cola de la historia unas soluciones que no llegan. La reciente detención de varios generales y altos mandos militares implicados indirectamente (o directamente, en México ya no se sabe nada) revela hasta donde ha llegado la infiltración del narcotráfico en el Estado mexicano en los últimos años.

PROBABLE VICTORIA DEL HISTÓRICO PRI

En este contexto, donde tras años de violencia y crímenes la sociedad parece acostumbrada, por no decir anestesiada, las próximas elecciones parecen empujar al electorado a una apuesta por las dos principales fuerzas de la oposición, el «mítico» y secular Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el izquierdista Partido Revolucionario Democrático (PRD) -que ahora se presenta como Movimiento Progresista-, y también hacia la abstención, tal como señalan muchos avezados analistas mexicanos. La Nueva Alianza, conducida por el candidato presidencial Gabriel Quadri de la Torre, no parece levantar el vuelo en los sondeos y parece ya una opción claramente descartada en la carrera hacia la presidencia del país. Apenas obtiene entre el 1 y el 5% en intenciones de voto. Nada que hacer.

Los dos candidatos con más posibilidades en la batalla por conseguir la máxima instancia del país son el priísta Enrique Peña Nieto y el controvertido Andrés Manuel López Obrador, que ya en las ultimas elecciones presidenciales se consideró el vencedor moral frente a Calderón y quien lidera a la izquierda mexicana como principal referente. A Peña Nieto las encuestas le otorgan entre el 45 y el 50%, mientras que López Obrador figura entre el 20 y el 25%. La candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, se sitúa entre el 20 y el 25% en casi todos los sondeos, pero su candidatura se ha ido desinflado paulatinamente desde el comienzo de la campaña electoral y se sitúa a la baja, debido, sobre todo, a que el PAN arrastra un enorme desgaste y a que su candidatura se le asocia al continuismo y a la nefasta herencia del mandato de Calderón. Lo tendrá realmente difícil para remontar en este mes que resta hasta las elecciones del uno de julio y las siglas, desde luego, no le ayudan en nada.

La paradoja de estas elecciones es que mucho más plausible una alianza entre los dos extremos del arco político, es decir, la derecha del PAN y la izquierda del Movimiento Progresista, que entre el centro izquierda liderado por el PRI y uno de los dos extremos del espectro. Esta alianza entre el PAN y la izquierda puede ser decisiva, por ejemplo, en la elección de los 128 senadores y 500 legisladores. También en futuras elecciones regionales, no así en las presidenciales, pues en México no existe segunda vuelta.

EL DIFÍCIL LEGADO QUE HEREDARÁ EL PRÓXIMO PRESIDENTE

En primer lugar, está la lucha contra el narcotráfico y los poderosos clanes en los que se organiza en México; cada vez queda más claro que las organizaciones criminales de este país controlan el tráfico desde Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela hacia los Estados Unidos a través de Centroamérica, pero especialmente desde El Salvador, Guatemala y Honduras, donde llegan las narcoavionetas y los cargamentos de cocaína. Otras bandas criminales están implicadas en ese tráfico, pero el poder de los carteles mexicanos, dado el paso estratégico de este país hacia los Estados Unidos, es inmenso.

Luego, en segundo lugar, pero no menos importante, esta la violencia ligada a esta industria, donde implacables y despiadadas bandas, como los Zetas, siembran el terror de una forma brutal y cruel. Por ejemplo, el último y más brutal episodio fue el hallazgo de 49 cadáveres en Cadereyta, en el estado de Nuevo León, a los que le fueron cercenados manos, pies y cabeza, en lo que se presumía era un intento por borrar su identidad. Estas víctimas, como tantas otras, son fruto de un largo proceso de descomposición social, fruto de la inacción de las instituciones, y de una carencia absoluta de unos valores profundos en la sociedad mexicana.

Como señalaba el investigador social mexicano Martín Barrón, en unas declaraciones a una agencia occidental, «no hay antecedentes en el mundo de estos niveles de violencia. En Italia, con la mafia hubo un ejercicio de la violencia muy puntual, directo. En Colombia hay algunos casos como el llamado «asesino de la motosierra», pero nada comparable con México».

Otro aspecto fundamental, ligado también a los dos anteriores, son las complejas relaciones con los Estados Unidos, primer consumidor de cocaína del mundo e indirectamente responsable del narcotráfico en América Latina y primer exportador de las armas con las que se cometen los más aberrantes crímenes en México. Si bien México no mira hacia la integración latinoamericana como un proceso prioritario, sino más bien lo contrario, pues siempre ha mirado de reojo, por no decir con desconfianza, a sus vecinos continentales del Sur, no es menos cierto que tendrá que redifinir en el corto plazo las relaciones con su poderoso vecino del Norte y exigirle una mayor implicación en sus agudos problemas, pero sobre todo en los relativos a las drogas y la violencia imparable.

Por último, y para concluir, pese al alto crecimiento económico que se espera para este año, por encima del 3% siguiendo la estela de otros países del continente que parecen ajenos a la crisis global, está el espinoso asunto del reparto de la riqueza. México es uno de los países más desiguales del mundo: cuenta con 11 multimillonarios que acaparan el 10% del Producto Interior Bruto (PIB) del país, mientras que 52 millones de mexicanos, casi la mitad de la población, vive en la pobreza.

 Y, de acuerdo a cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), de 2008 a 2010 el número de personas que viven en la pobreza pasó de 48.8 a 52 millones de personas. Según señaló también este organismo oficial, en 1.003 de los 2.400 municipios que existen en México el 75% o más de su población vive en condición de pobreza. Cifras alarmantes que exigirán respuestas adecuadas por parte de las nuevas autoridades mexicanas si el país, de veras, pretende superar el subdesarrollo y encontrar un modelo de desarrollo social y económico más cercano a la modernidad de muchos de sus vecinos, como Brasil y Perú, que llevaron a cabo políticas exitosas en ese sentido, que a unos indicadores de reparto de la riqueza realmente anclados en lo peor del Tercer Mundo.

Ricardo Angoso (*)
Periodista y politólogo español
rangoso@hotelquintadebolivar.com
rangoso@lecturasparaeldebate.com

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