Ladrido de amor

12 de junio de 2012

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Desde que tengo memoria he amado a los perros. Los recuerdos más remotos son dolorosos: la muerte de mi cocker Lassie cuando yo tenía 4 o 5 años de edad. Y el otro, algún tiempo después, cuando mis padres tuvieron la desdichada idea de llevarme al cine a ver una película de Walt Disney.

La protagonizaba un perro de esos de granja, amoroso, inteligentísimo y maravilloso, que por defender a su familia humana, se enfrenta a un animal salvaje –un mapache o un zorro, tal vez un lobo, no me acuerdo ya- se contagia de rabia y terminan sacrificándolo pegándole un tiro. Todavía recuerdo mis alaridos en la oscuridad de la sala del cine Ávila, y lo precipitadamente que me sacaron muertos de pena con el público del cine por mi desesperación, diciéndome que era una película, que no era verdad, que al perro no lo habían matado… Pero yo seguía pegando gritos sumida en una aflicción inconmensurable que no atendía a razones para cesar.

En materia de perros –y de animales en general- soy bastante “patria o muerte”, para utilizar la vieja frase que se ha vuelto a poner de moda. Y como creo firmemente en aquello que reza, “obras son amores y no buenas razones”, tengo perros y tengo gatos a los que amo y cuido como a unos hijitos que serán siempre amorosos, inocentes e indefensos como los niños, pero que si viven lo suficiente, envejecerán y padecerán los achaques que vienen con la edad. Ya yo ando en eso: ya no soy solo la mamá sino la enfermera de Dorita y Tristán, pendiente de darles, por la mañana y por la noche, suenalapril y su espironolactona, sus vitaminas y su comida baja en grasa y sal, para controlar sus corazones que se les han puesto grandes por razones fisiológicas que me explicó Elena García, mi querida veterinaria, pero pa’ mí, que es de tanto amar.

¿Cómo lidia uno con la muerte de seres tan entrañables? Calándosela, sufriendo mucho, no queda otra, pero la mejor manera de honrar y paliar el doloroso recuerdo del difunto es buscar otro perro al que amar ybrindarle un hogar, una inversión mínima si se considera que vas a ser retribuido nada menos que con el más devoto e incondicional de los amores. Lo que sí es incalable, es cuando viene alguien y te ve y te escucha toda adolorida y te dice: “¡Bah, pero si era solo un perro, vale, ni que fuera una persona…!” Yo creo que a la gente así le falta el chip de la empatía, y cuidado si a la hora del té, trata a las personas igual a como cree que debería tratarse a los perros. Otra especie detestable son los que despotrican de los que rescatan perros y gatos para sacarlos de las calles, y que porque primero hay que ocuparse de los niños desamparados. ¡Pero ellos no mueven un dedo ni por unos ni por otros! O sea, puras ganas de joder…

Mara Comerlati
Periodista venezolana
zapata.mara@gmail.com

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