Ricardo Angoso: El naufragio de la izquierda latinoamericana

11 de diciembre de 2016

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oblan las campanas y el muerto no sabe por quién tocan. Tocan por la izquierda del continente, en todas partes, y son la señal del final de un ciclo que se agota por sí mismo. A finales de la década de los noventa, sobre todo a raíz de la victoria de Hugo Chávez en Venezuela, se asistió en toda América Latina a un cambio político de impredecibles resultados y que llevó a la izquierda al poder, en distintas fases, en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Honduras, Nicaragua y Uruguay. Se trataba de un acontecimiento histórico cargado de esperanza y significado. Desgraciadamente, esa izquierda no estaba conectada con la tradicional, socialdemócrata y respetuosa de la democracia, sino que reivindicaba y asumía lo peor del continente: la tiranía cubana, el populismo, el clientelismo, el asistencialismo y el autoritarismo.

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De cómo un golpista como Chávez llegó a hacerse con el poder por la vía democrática, es algo que no es un misterio para nadie. El sistema político venezolano estaba absolutamente podrido y la clase política, corrompida hasta la saciedad. Chávez no fue la causa de la crisis del sistema, sino la consecuencia de la misma, tal como él mismo había dicho antes de morir. Pero fue peor el remedio que la enfermedad. Tras más de tres largos lustros en el poder, entre Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro, el país aparece como devastado por un huracán terrible o una trágica guerra. No funciona nada ni se encuentra nada de nada, ni siquiera el papel higiénico. La gente muere asesinada por miles en las calles o en las camas de los hospitales abandonadas a su suerte sin medicinas ni médicos. Hay cortes de luz, colas en las tiendas para conseguir alimentos, escasea el dinero, aumenta la represión policial y  abundan los presos políticos en las mazmorras. Es el mejor modelo para aprender cómo no se deben hacer las cosas. Llamar a la Venezuela chavista de izquierdas es un insulto a la inteligencia, una ofensa a lo que todavía queda de ese pensamiento en el mundo.

DE ARGENTINA A NICARAGUA

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Argentina, que fue la primera en sumarse al cambio político en el continente, tras la llegada de Mauricio Macri, recibe una herencia envenenada después de 12 años de desgobierno de la tragicómica pareja Kirchner conformada por Néstor y Cristina. El país se quedó completamente aislado del mundo, si exceptuamos sus relaciones con la peripatética muchachada bolivariana, la economía estaba al borde del abismo, la pobreza había aumentado tras un inútil asistencialismo que no crea riqueza ni bienestar y  la inseguridad se disparó. Un desastre total sin paliativos, una potencia mundial convertida en un país en harapos a merced de unas políticas desastrosas inspiradas por una cuadrilla de mediocres sin escrúpulos.

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En Brasil, ocurrió otro tanto de lo mismo más corrupción (en Argentina también la había pero tardó más tiempo en descubrirse). La presidenta Dilma Rousseff fue destituida por corrupta y, en su lugar, ocupó la máxima magistratura del país el centro derechista Michel Temer. El mentor político e intelectual de la exguerrillera comunista Rousseff, Luis Inácio Lula da Silva, también fue investigado ¡por corrupción! Dos de los grandes mitos de la izquierda continental acababan seriamente cuestionados y procesados, como se dice vulgarmente, por ladrones. Destruyeron la economía brasileña, que vive su peor momento en décadas, y dejaron un malestar social profundo en las calles del antaño motor de América Latina que aún hoy perdura.

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En Bolivia y Ecuador, pese a que se han librado de las crisis antes reseñadas y del terrible cuadro que presenta la agónica Venezuela, se instalaron una suerte de satrapías donde la democracia llegó  a ser un decorado de cartón piedra, una mera formalidad en la que se invitaba a la gente  a votar y donde los contenidos fundamentales del sistema era vilmente vulnerados por unos gobernantes carentes de los más elementales principios éticos y morales. El tándem Evo Morales-Rafael Correa tienen un común muchas cosas: su arrogante vulgaridad, su falta de respeto a la oposición y a los más elementales principios cívicos y su adhesión incondicional al proyecto castrocomunista de Venezuela y a los hermanos Castro, gobernantes eternos y vitalicios durante años (hasta que la muerte los separe) de esa isla-prisión conocida en los mapas como Cuba.

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Respecto a Honduras, la mafia chavista local, jaleada por Daniel Ortega y Hugo Chávez, intentó hacerse con el poder y se infiltraron en el Partido Liberal de este país de una forma descarada y sin careta. Colocaron a un títere como presidente, Mel Zelaya, mientras que la maestra de ceremonias del régimen, Patricia Rodas, recibía las órdenes desde Caracas y La Habana. Muy pronto, tal como confiaban muchos en el exterior, se fundaría régimen (castrista) y se sentarían las bases para destruir para siempre a la democracia en este país. Se pretendía que Honduras fuera la “punta de lanza contra el imperio” y se establecieron relaciones de profunda amistad con Irán, Siria, Cuba y Venezuela. El sainete hondureño, conducido de una forma torpe y payasesca por Zelaya, acabó de la mejor de las formas: las Fuerzas Armadas de este país, siguiendo el mandato constitucional que el pueblo les había entregado, destituyeron a Zelaya, enviaron a Rodas a vivir al paraíso socialista creado por Ortega y devolvieron a Honduras a la normalidad democrática. Todos contentos, menos Chávez y los Castro, claro.

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Finalmente, está Nicaragua, porque en esta lista se libró Uruguay, pues sus gobernantes no han hecho tantas mamarrachadas como sus vecinos argentinos y sus “compañeros” de todo el continente. ¿Y qué se puede decir de la satrapía de los Ortega y Murillo? La democracia no es ya ni meramente formal. La oposición ha sido expulsada del parlamento, los partidos políticos ya no funcionan y nada ni nadie en ese país escapa al control de la rocambolesca pareja presidencial formada por Ortega-Murillo. La economía nacional está en manos de la familia, que se reparte los asientos en el avión oficial donde viajan los máximos mandatarios, y hoy el país es una gran finca en manos de ambos. Se reparten prebendas y privilegios, se persigue a los oponentes, se acaba día tras día con cualquier vestigio de lo que antaño fuera una democracia, mientras que el presidente Obama mira para otro lado y nadie dice ni mu ante el avance de la barbarie. Los hondureños que derrotaron a Zelaya, para Washington, eran unos golpistas, mientras que la camarilla sandinista es un “ejemplo democrático” para el mundo. ¿Será así? En cualquier caso, parece que estamos al final del camino, tras tanto despropósito, y que el ciclo de esta izquierda que no supo conjugar economía de mercado, que es la que realmente saca de la pobreza a los pueblos, con el respeto a las formas democráticas, como hicieron otros países, está llegando a su fin. Descanse en paz esta izquierda continental para siempre.

Ricardo Angoso 2 Ricardo Angoso
Periodista español
rangoso@iniciativaradical.org
@ricardoangoso

 


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