Jesús Peñalver: De la intertextualidad y otros plagios

11 de octubre de 2013

Plagio Portada

 


Con algunas variantes, insistiremos en este tema ya tratado hace una par de años, quizá tres. De modo que desde ya y hasta el punto que aquí se reafirma,  tanto en el mundo académico como en el de la ficción, el recurso de la “Intertextualidad” constituye plagio, lo que de suyo implica delito.

Siendo el recurso de la Intertextualidad la utilización de frases, diálogos o párrafos completos o cuasienteros de una obra preexistente, sin citar ni mencionar en modo alguno a su titular o autor original, ello vulnera derechos de autor.  

Copiar es plagiarSi quien esto escribe pretendiera  escribir una novela y echa mano de párrafos de la célebre Doña Bárbara del maestro Gallegos, o por caso  un poema y recurre a fragmentos   de alguno de “El Chino” Valera Mora o de nuestro apreciado  William Guaregua, aunque sea parcialmente,  sin citar al autor original, todo ello comportaría plagio, un acto de piratería, una reproducción ilegal de una obra protegida por el derecho de autor.

No puede ser el recurso de la “Intertextualidad” una patente de corso para copiar la obra creada por otro, sacarle provecho, hacerla ver como propia, sin que ello comporte flagrante violación de derechos morales y patrimoniales del creador original.

El plagio equivale a  piratería, y el pirata recurre al ejercicio engañoso, chapucero, dañino, y por tanto ilegal  de cualquier profesión u oficio, y esta deleznable práctica está sancionada en el artículo 120 de la Ley Sobre el Derecho de Autor, en relación con el 41° del mismo texto legal, que alude al delito  de “reproducción ilegal de obras del ingenio”.

Así las cosas,  el derecho de autor debe ser defendido y protegido  con todos los  recursos y elementos que el ordenamiento jurídico ofrece a las autoridades (Estado) y a los particulares en su condición de autores  (administrados). De allí que la propiedad intelectual sea la que más significado y elevación espiritual tiene, ya que se refiere a las obras hechas sobre la base de la potencia del alma humana.

Este rasgo tan hermoso no está exento del valor de acto del trabajo, por añadidura cualificado, que implica esfuerzos y aun sacrificios. Una obra del intelecto es por tanto la más legítima fuente de orgullo para su autor, máxime  cuando, si es científica, cobra mayor  importancia para su patria y hasta para la humanidad toda.

Señaló el TSJ, en sentencia del 12 de diciembre de 2000 (Expediente Nº 98/1521, sala Penal). “Todo trabajo dignifica y en especial si tiene las calificaciones de constituir una obra científica. También son de mucho valor espiritual las demás obras del ingenio, como las literarias y las artísticas. Los respectivos autores merecen todo el reconocimiento y que se les atribuya el mérito de su creación.”

Plagio hoy
Si se le respeta, será ello motivo de gran complacencia y de inmenso valor moral para el autor. De allí la gravedad del plagio, el aprovechamiento parasitario de toda obra ajena, la indebida apropiación del esfuerzo de otro.

Por cierto, en la aludida sentencia el ponente lamentó el hecho  que el Ministerio Público no formulara cargos (acusara) por la comisión de delitos contra el derecho de autor.

No conviene en modo alguno el elogio al plagio.


Jesus Peñalver foto 2013


Jesús Peñalver es abogado
Columnista de Opinión
penalver15@gmail.com / @jpenalver






Síguenos:
facebooktwitterrssyoutube


Otros artículos de interés