Gabriel Albiac titula: DisneyVegas

11 de septiembre de 2012

Lasvegasportada

En elipsis vertiginosa, Martin Scorsese -que es el más grande hombre de cine de su generación- daba, al final de Casino, la metáfora cerrada de Las Vegas: o de cómo depravación y crimen se truecan, una vez cruzada la raya de la institucionalidad económica, en Disneylandia para jubilados.

Los apenas treinta segundos de ancianitos y amas de casa que se abalanzan hacia máquinas y ruletas, apenas las puertas de los casinos abiertas, son una elegía al sinsentido de lo humano. Y da Scorsese allí la exacta trasposición icónica del postulado de Pascal: los hombres sólo persiguen que la intensidad del juego «les evite tener que pensar en sí mismos».

Nada que sea muy distinto a lo que sucede en el resto del mundo. Cualquiera que pasee por la noche madrileña ve, con ternura triste, a esas provectas amas de casa endomingadas y solitarias que salen de los Bingos con el rubor de haber consumado la única actividad tonificante que les queda en esta vida: es el mísero -pero irrenunciable- sucedáneo de la aventura que ya no retornará nunca.

Debo ser uno de los raros bichos que ha cruzado Las Vegas durante unos días sin introducir un solo céntimo en la ranura de una tragaperras. No tiene mérito. Cada cual es preso de sus específicos juegos. A mí los de azar me conmueven tanto como un libro a un damnificado de la LOGSE. Y, en rigor, no sé ni qué significan los dibujitos sobre las cartulinas de los naipes. Eso me permitió disfrutar de un chollo nada despreciable: los hoteles de Las Vegas tienen precios muy bajos; por la elemental razón de que el negocio está en lo otro, en la continuidad de espacios de juego donde se mueve el visitante de una ciudad en la cual todo sucede en galerías interiores -el exterior es el sol de un desierto no demasiado confortable-, dentro de las cuales no hay un centímetro que no esté acotado para el juego en todas sus variedades. Día y noche no existen: lo cual ayuda mucho a producir esa percepción irreal de la partida que nunca acaba. Contrapunto: quien no juega, dispone de estupendos hoteles baratísimos, a cuatro pasos de los dos lugares más bellos del planeta, el Gran Cañón y el Dead Valley de todos nuestros westerns.

Juego y prostitución, en efecto. Juego: el que hace de la Lotería Nacional y las Quinielas soporte primordial de la economía española. Prostitución: la que convierte los alrededores de la Telefónica madrileña en uno de los más sórdidos imperios de proxenetas de toda la Unión Europea. Me pregunto, de verdad, en qué ciudad y en qué país viven los políticos socialistas que han entonado su sentido lamento humanitario en estos días. Al lado del eje Gran Vía-Montera, Las Vegas es un parque temático: hortera e inofensivo.

En los tan turbios años veinte americanos, la prohibición del alcohol impulsó fantásticos bandidajes y fortunas enormes. Tres decenios después, los contrabandistas de scotch eran padres de la patria. Y alguno de sus herederos pudo llegar a presidente. Y otro, a fiscal general. Está muy bien narrado por James Ellroy.

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

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